Portada » Lenguas extranjeras » Trauma, Pulsiones y Principios en la Teoría Freudiana: Un Examen Detallado
La falta de una protección antiestímulo que proteja al aparato receptor de las excitaciones internas hace que el estímulo adquiera mayor importancia económica, a menudo dando lugar a perturbaciones económicas equiparables a las neurosis traumáticas. Las pulsiones son la fuente más importante de excitaciones internas. Freud postula que las mociones que parten de las pulsiones no obedecen al tipo del proceso nervioso ligado, sino al proceso libremente móvil que se esfuerza por la descarga. Este último proceso se despliega en el sistema inconsciente, donde las investiduras pueden transferirse, desplazarse y condensarse de manera completa y fácil, lo que se denomina Proceso Psíquico Primario. Este proceso se diferencia del Proceso Psíquico Secundario, que rige la vida normal de vigilia, identificándose el proceso secundario con las alteraciones de la investidura ligada. La tarea de los estratos superiores del aparato anímico es ligar la excitación de las pulsiones que entra en operación en el proceso primario.
El fracaso de esta ligazón provocaría una perturbación análoga a la neurosis traumática, ya que solo tras una ligazón lograda podrá establecerse el imperio irrestricto del principio de placer. Hasta ese momento, el aparato anímico tendría la tarea de dominar o ligar la excitación, no en oposición al principio de placer, sino independientemente de él y sin tomarlo en cuenta.
Los modos de tramitación de lo no ligado, como se observa en el juego infantil y la repetición por transferencia, se pueden explicitar de la siguiente manera:
En «Más allá del principio de placer», Freud replantea la teoría pulsional, imponiendo primeramente un carácter universal de las pulsiones: ésta es un esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, a reproducir un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas.
Antes de 1920, consideraba a la pulsión como un factor que esfuerza en el sentido del cambio y del desarrollo. Luego replantea esto, afirmando que es la expresión de la naturaleza conservadora del ser vivo, manifestando que hay pulsiones que esfuerzan en el sentido de la creación y del progreso y otras que quieren reproducir algo anterior, que por su naturaleza conservadora compelen a la repetición. El largo devenir de estas teorizaciones podría resumirse de la siguiente manera:
Pulsiones sexuales: Definidas inicialmente así por su relación con los sexos y con la función de reproducción, conservando luego ese nombre aun cuando se afloja el nexo entre estas con la reproducción. Con la tesis de la libido narcisista y la extensión del concepto de libido a la célula individual, la pulsión sexual se convirtió en Eros, que procura esforzar las partes de la sustancia viva unas hacia otras y cohesionarlas, apareciendo como la parte de este Eros vuelta hacia el objeto. Según especulación, este Eros actúa desde el comienzo de la vida y como Pulsión de Vida, entra en oposición con la Pulsión de Muerte, nacida por la animación de lo inorgánico.
Respecto al concepto de pulsiones yoicas, originariamente Freud llama así a todas aquellas orientaciones pulsionales que nos resultaban menos conocidas y que podían diferenciarse de las pulsiones sexuales dirigidas al objeto. Inicialmente estaban en oposición a las pulsiones sexuales, y estas últimas eran las únicas que tenían por expresión la libido. Luego Freud discierne que una parte de las pulsiones yoicas es de naturaleza libidinosa y que han tomado por objeto al yo propio, convirtiéndose así en oposición entre pulsiones yoicas y pulsiones de objeto, pero siendo este un falso dualismo que derivó en la oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte, al pesquisarse dentro del yo pulsiones de destrucción.
El carácter conservador de las pulsiones queda de manifiesto en el hecho de que todas las pulsiones quieren reproducir algo anterior, tal como Freud plantea en el capítulo V: «… una pulsión es un esfuerzo inherente a lo orgánico vivo, a reproducir un estado anterior que lo vivo debió resignar bajo el influjo de fuerzas perturbadoras externas», lo que ratifica en el capítulo VI al plantear que: «la meta de toda vida es la muerte; y, retrospectivamente: lo inanimado estuvo ahí antes que lo vivo».
El principio de placer es una tendencia que está al servicio de una función: la de hacer que el aparato anímico quede exento de excitación, o la de mantener en él constante, o en el mínimo posible, el monto de dicha excitación. La función, así definida, participaría de la aspiración universal de todo lo vivo atrás, hasta el reposo del mundo inorgánico. La ligazón de la moción pulsional sería una función preparatoria destinada a acomodar la excitación para luego tramitarla definitivamente en el placer de descarga.
El Eros neutraliza la pulsión de muerte porque busca prolongar la vida. La pulsión de vida es anabólica y la pulsión de muerte catabólica. Solo tenemos noticia de la última por la existencia de las primeras, pues la pulsión de muerte es “muda”.
Freud plantea que los procesos primarios o no ligados provocan sensaciones mucho más intensas en ambos sentidos (placer-displacer) que los procesos secundarios. Además, los procesos primarios son los más tempranos en el tiempo, y dado que al comienzo de la vida anímica no hay otros, podemos inferir que si el principio de placer no actuase ya en ellos, nunca habría podido instaurarse para los posteriores. Con lo que se puede decir que aquello que en el proceso excitatorio hace nacer las sensaciones de placer y displacer tiene que estar presente en ambos procesos, primario y secundario. Aunque el proceso primario provoca sensaciones más intensas, está menos al resguardo de la compulsión a la repetición que los secundarios, estos últimos están más protegidos por el principio de realidad.
Freud es contundente al manifestar que tendríamos que evitar considerar al principio de nirvana y el principio de placer como idénticos.
Al asumir que hay tensiones placenteras (las del acto sexual), plantea la cualidad que las tensiones toman en función de cierto lapso temporal. Ya no podemos ligar el placer a la rebaja exclusivamente, ya no es solo una cuestión cuantitativa, sino que se propone una noción de ritmo, es decir, el ritmo en que se dan las tensiones para desvincular el placer a variables puramente cuantitativas. Si el placer ya no es exclusivamente una rebaja, hay que distinguir el principio de placer del principio de nirvana, obteniendo así una pequeña pero interesante serie de copertenencias:
Ninguno de estos tres principios es destituido por los otros. En general saben conciliarse entre sí, aun cuando en ocasiones desembocará forzosamente en conflictos el hecho de que por un lado se establezca como meta la rebaja cuantitativa de la carga de estímulo, por otro un carácter cualitativo de ella y, en tercer lugar, una demora de la descarga de estímulo y una admisión provisional de la tensión de displacer.