Portada » Historia » Sexenio Democrático y Restauración Borbónica: Crisis y Transformación en España (1868-1898)
En 1866, el reinado de Isabel II entró en decadencia debido a una doble crisis: económica (burbuja especulativa del ferrocarril, quiebras y fuga de capitales) y de subsistencia (sequías y subida del precio del pan). El Pacto de Ostende (1866) unió a progresistas, demócratas y la Unión Liberal para destronar a la reina. En septiembre de 1868, un pronunciamiento militar liderado por Prim y Serrano, apoyado por juntas revolucionarias en varias ciudades, obligó a Isabel II al exilio. En octubre, Serrano formó un gobierno provisional, disolvió las juntas y convocó elecciones a Cortes Constituyentes. Se implantó el sufragio universal, y las Cortes comenzaron a redactar la Constitución de 1869.
La Constitución de 1869 estableció soberanía nacional, sufragio universal, derechos civiles y un rey con amplios poderes sujeto a la soberanía nacional. Serrano enfrentó la Guerra de Cuba (1868), la oposición carlista y republicana, y el Pacto Federal de Tortosa (1869), que proponía una República democrática federal. Prim lideró la búsqueda de un monarca, proponiendo a Amadeo I de Saboya, pero fue asesinado el día de la llegada del nuevo rey en 1870.
Amadeo I enfrentó divisiones entre progresistas (constitucionalistas y reformistas), el auge del movimiento obrero bajo la influencia anarquista de la AIT y la represión del internacionalismo tras la Comuna de París (1871). La oposición republicana se radicalizó, mientras que las guerras carlista y de Cuba continuaron. El rey abdicó el 11 de febrero de 1873 tras desacuerdos con el Congreso, y se proclamó la Primera República.
La República nació dividida entre unitarios y federales. Tras las elecciones de mayo de 1873, Pi i Margall asumió la presidencia, pero renunció por su negativa a reprimir violentamente los levantamientos cantonales, como el de Cartagena. Fue sustituido por Salmerón y luego por Castelar, quienes enfrentaron la guerra carlista, la insurrección cubana y huelgas generales. En enero de 1874, el general Pavía disolvió el Congreso, terminando la República.
Entre enero y diciembre de 1874, Serrano gobernó como dictador republicano unitario. Suspendió la Constitución y las Cortes Constituyentes para restablecer el orden. Esto facilitó la restauración de la monarquía, y el 29 de diciembre de 1874, el general Martínez Campos proclamó rey a Alfonso XII tras un pronunciamiento militar.
El Sexenio Democrático fracasó por la división entre facciones políticas y la incapacidad de atender las demandas sociales de las clases populares. El movimiento obrero comenzó a ganar fuerza y desarrolló una cultura política independiente, algo que se consolidaría durante la Restauración.
La Restauración Borbónica supuso el regreso a una monarquía centralizada, eliminando las esperanzas de cambio social y político de las clases populares. Reivindicaciones como la descentralización, la abolición del impuesto de consumos o el sufragio universal quedaron relegadas. El sistema se sustentó en una alianza entre aristocracia, burguesía e Iglesia, controlado por una red clientelar que excluía a la «España real». La legitimidad de Alfonso XII provino del pronunciamiento militar de Martínez Campos (1874), marcando el inicio de un sistema oligárquico basado en la manipulación electoral.
El sistema político de la Restauración se asentó sobre cuatro pilares: la monarquía, la Constitución de 1876, las Cortes y el bipartidismo. Según Cánovas, la monarquía era clave para la estabilidad, mientras que las Cortes eran controladas por el caciquismo y el fraude electoral. El bipartidismo turnante entre conservadores (Cánovas) y liberales (Sagasta) consolidó un sistema corrupto en el que el partido que gobernaba era elegido previamente por el monarca. A pesar de la introducción del sufragio universal masculino en 1890, las prácticas fraudulentas persistieron.
El sistema político excluyó a republicanos, carlistas, movimientos obreros y nacionalistas emergentes como el catalán y el vasco. Las reformas de Sagasta (1885-1890) como el sufragio universal o el Código Civil no lograron cambiar la dinámica de exclusión.
El catalanismo político se consolidó con las Bases de Manresa (1892), mientras que en Cuba surgió el Partido Revolucionario de José Martí, marcando el inicio de la guerra de independencia. El Desastre del 98, que incluyó la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas tras la derrota frente a EE.UU., evidenció la crisis del sistema y provocó el ascenso de movimientos como el socialismo y el anarquismo.
Tras el 98, el sistema intentó regenerarse desde dentro, con figuras como Maura y Canalejas. La crisis del caciquismo permitió la aparición de nuevos actores políticos como la Lliga Regionalista (1901) y la consolidación del liderazgo de Lerroux entre los republicanos. Sin embargo, el sueño colonial en Marruecos abrió nuevas crisis que precipitaron el declive del sistema, incapaz de integrar a la «España real» en sus instituciones.