Portada » Filosofía » San Agustín y Santo Tomás: Filosofía Cristiana y su Legado
San Agustín, figura clave del cristianismo, desarrolló su pensamiento en el contexto del Imperio Romano. El cristianismo, basado en la palabra de Cristo, influyó profundamente en su filosofía. Los principios fundamentales del pensamiento cristiano que Agustín adoptó son:
Agustín integró la filosofía de Platón, reinterpretada por el Neoplatonismo, y el Maniqueísmo, adaptándolos al cristianismo. Tomó el modelo de Plotino de la Realidad como un proceso de formación de lo múltiple a partir del Ser Uno, pero criticó:
El resultado es un modelo metafísico que cristianiza el dualismo platónico, dividiendo la Realidad en un Dios eterno y una creación cambiante. Agustín adaptó el Maniqueísmo, viendo la Realidad como una lucha entre el bien y el mal, pero criticando la idea de que el mal es algo por sí mismo, definiéndolo como privación o alejamiento de Dios.
La teoría filosófica agustiniana de la Realidad, conocida como ejemplarismo, postula que las ideas eternas en la mente de Dios son los arquetipos usados para crear el mundo. Este modelo tiene un orden jerárquico:
En este esquema, Agustín ve el mal como privación, ausencia o alejamiento de Dios.
La trascendencia entre Dios y sus criaturas plantea el problema metafísico de su participación o relación, abordado por el cristianismo y Agustín como el problema de la Trinidad. En la Santísima Trinidad, la divinidad se manifiesta en la unidad de Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya intermediación busca resolver los problemas de participación entre el Ser eterno y las criaturas.
Agustín introduce novedades en la concepción cosmológica: la naturaleza es creada y no eterna, y el tiempo es lineal, creado por Dios en un instante. Así, introduce el concepto de Historia lineal, donde la naturaleza y el tiempo tienen origen en la creación, los sucesos posteriores son gobernados por la voluntad de Dios, y la naturaleza y el tiempo finalizan en el Juicio Final. El mundo físico tiene una naturaleza moral de principio a fin, producto del amor de Dios.
Al dualismo metafísico neoplatónico cristianizado, le sigue un dualismo antropológico: el ser humano se compone de cuerpo y alma, substancias distintas con unión accidental. El alma es inmortal, creada por Dios, hecha a imagen y semejanza de Él. Similar a la Trinidad, el alma humana tiene tres facultades: memoria, intelecto y voluntad. Para Agustín, la voluntad prevalece al intelecto, como en Dios. El fin del hombre es la felicidad, alcanzada al conocer la verdad, la contemplación de Dios. La identidad personal surge en la memoria al unir el pasado y el futuro, manifestando un intelecto y una voluntad distinta. Cada persona es libre, comprendiendo la libertad como el libre arbitrio, asignado por Dios para obrar libremente. El mal se produce al no usar bien esta libertad.
Siguiendo las Sagradas Escrituras, cada persona arrastra la culpa del pecado original, explicando la tendencia a obrar mal, pero se revierte acercándose a Dios a través de la gracia.
El conocimiento de la realidad está mediado por la relación entre fe y razón. Agustín ve que la razón y la fe pertenecen a ámbitos diferentes, pero son compatibles y necesarias para obtener la Verdad: «hay que entender para creer y se debe creer para entender». La fe predomina, porque la revelación muestra una verdad que está más allá de la racionalidad natural en los misterios. El pensamiento agustiniano es proclive al misticismo, proponiendo la comunicación con la verdad con experiencias no mediadas por la razón.
Agustín distingue tres tipos de conocimientos:
Llegar al conocimiento intelectivo es un ejercicio de acercamiento a Dios. Dado que el creador no está en la naturaleza sensible, las tres facultades del alma deben usarse para buscar la Verdad en el interior. Esta propuesta es la Teoría de la Iluminación: mediante la introspección, buscamos en el interior la verdad eterna para trascender a Dios, necesitando su gracia. Rechaza el innatismo de Platón. La duda es fundamental, pues al dudar, Agustín reconoce que piensa y por tanto debe ser, surgiendo la autoconciencia, apelando a una trascendencia que la explique.
Agustín de Hipona (354-430), nacido en Tagaste, estudió filosofía, neoplatonismo y maniqueísmo. Sus obras destacadas incluyen Soliloquios y Confesiones.
En su ética teleológica, Agustín ve el fin del ser humano como la felicidad, saciada en el conocimiento intelectivo, como contemplación de Dios, necesitando la gracia. La libertad es la condición de posibilidad de la ética, vista como libre arbitrio, dado por Dios para obrar libremente. El mal se produce al no usar bien esta libertad. El Bien es el buen uso de la libertad de la voluntad donada por Dios. Siguiendo las Escrituras, cada persona arrastra la culpa del pecado original, revirtiéndose al acercarse a Dios por la gracia. Esto propicia la Salvación de quienes la obtienen, otorgada por Dios a los que más se acerquen a Él.
Su ética se proyecta en su pensamiento político. Introducido el concepto de creación que da origen al tiempo y propone una historia lineal, esta historia es la dialéctica entre el bien y el mal. Esta dialéctica, expuesta en La Ciudad de Dios, se reproduce entre una comunidad de justos que siguen las normas cristianas al amar a Dios, y otra comunidad terrenal que evade la ley de Dios amándose a sí mismos. El poder político tiene origen divino y el fin de la política es el triunfo de la ciudad de los justos, un fin sobrenatural: amar al Creador como Él ama a su creación. Este amor a Dios aspira a contemplarle para obtener la felicidad individual.
La ética de San Agustín y Aristóteles difieren en su concepción del fin último y la virtud. Agustín ve el fin último en la unión con Dios y la salvación, accesible solo a través de la gracia divina, dado que la naturaleza humana está afectada por el pecado original. La verdadera virtud proviene de Dios y del amor a Él. Aristóteles sostiene que el fin último es la eudaimonía, lograda mediante la virtud, cultivada a través de la razón y la práctica. El ser humano tiene la capacidad de alcanzar la virtud sin necesidad de intervención divina.
El pensamiento filosófico y teológico de Tomás de Aquino es un intento por conciliar la doctrina cristiana con la filosofía aristotélica, conciliando fe y razón. Tomás es un teólogo cristiano, por lo que prevalecerán los principios de la religión cristiana. La diferencia fundamental del aristotelismo con Sto. Tomás es que este acepta el concepto cristiano de creación de la naturaleza por parte de Dios, cosa ajena a la filosofía griega y aristotélica. Por esto, Sto. Tomás diferencia entre la esencia y la existencia: la esencia es la definición del ser y es necesaria, mientras que la existencia es el ser en acto y es sólo posible. Dios es el único ser cuya existencia coincide con la esencia, siendo el único ser necesario. El resto de seres existen siendo sólo posibles, y necesarios por otro -aquello que les lleva a la existencia-. Esta distinción tomista entre esencia y existencia se aleja de la filosofía de Aristóteles, porque las substancias ya no existen por sí mismas plenamente, sino por otro que les da la existencia que es Dios. En el tomismo, toda substancia es por participación con Dios, y esta participación no es igual en todos los entes, sino que hay un orden jerárquico de perfección entre los seres: los que más se acerquen a Dios serán menos imperfectos. Por esto, la lógica de analogía de proporcionalidad de Aristóteles -donde los entes se vinculan por la proporción en lo que tienen de común- la cambia el Aquinate por una lógica de analogía de atribución, en la que los entes existen vinculados a un ser primero -que es Dios- que les da el ser, existiendo así un orden jerárquico de perfección al estar más o menos cerca de Él. Con esto, Tomás critica el misticismo cristiano de corte agustiniano, pues pretende llegar a Dios con la razón natural: todo lo predicado de los seres (buenos, bellos…) se puede decir de Dios en grado sumo y perfecto, porque están analogados a Él. El Aquinate también critica a quienes pretenden demostrar a Dios con la sola razón. Es el caso de San Anselmo, que en su argumento ontológico busca demostrar la existencia de Dios con su sola definición: si aceptamos que hay algo fuera de nuestra mente (evitando el solipsismo) y que la definición de Dios es el «ser más grande», entonces Dios existe porque si sólo estuviese en la mente, la otra idea que sí existe fuera de la mente tendría mayor extensión real siendo «más grande» que Dios.
El Aquinate tilda el argumento ontológico de insuficiente porque de la definición no se sigue necesariamente la existencia. Santo Tomás expone que la existencia de Dios es evidente por sí misma, por ser necesario, pero no es evidente para nosotros, por eso hay que demostrarla. Hay dos tipos de demostración: a priori cuando de la causa se infiere el efecto y a posteriori cuando del efecto se demuestra la causa. El Aquinate propone cinco vías para demostrar la existencia de Dios a posteriori, a partir de la experiencia empírica de los seres que son efectos de la creación de Dios:
En su cosmología, asimila la física aristotélica, con la teoría hilemórfica para todo ente y la separación sublunar-supralunar, cambiando la eternidad de la naturaleza y su movimiento, pues al añadir el concepto de creación cristiano el tiempo sí tiene un origen.
Santo Tomás de Aquino afirma que Dios es el ser necesario, inmutable y perfecto, cuya actividad es pensarse a sí mismo, como propuso Aristóteles. Sin embargo, Tomás defiende el creacionismo, lo que implica que Dios no solo se conoce al pensarse, sino que también conoce, cuida y ama a sus criaturas. En Dios, su esencia implica su existencia, ya que es un ser necesario; en cambio, en los seres contingentes, esencia y existencia son distintas, ya que su esencia no asegura que existan.
Para demostrar la existencia de Dios, Tomás propone cinco vías basadas en la observación del mundo:
Aunque la existencia de Dios es evidente en sí misma por ser necesario, no lo es para nosotros, por lo que debe demostrarse. Esto se puede hacer de dos formas: a priori, partiendo de la causa para inferir el efecto, y a posteriori, demostrando la causa a partir del efecto.
Respecto al alma, Tomás sigue a Aristóteles y distingue tres facultades:
Critica la «doctrina de la doble verdad», que separa fe y razón, argumentando que ambas son caminos hacia la misma verdad, accesible mediante la analogía de atribución. Para Tomás, el fin último del ser humano es la felicidad, que consiste en contemplar a Dios. Este es un fin sobrenatural alcanzable tras la vida, y depende del ejercicio de virtudes dirigidas al bien. La felicidad cristiana, entendida como salvación, integra la visión aristotélica de las virtudes con la contemplación divina.
Las virtudes humanas están orientadas a cumplir la ley eterna de Dios, inscrita en el hombre como ley natural. Esta ley tiene un precepto general: hacer el bien y evitar el mal, que se desglosa en tres preceptos específicos según las facultades del alma:
Estos preceptos son universales, inmutables y evidentes, accesibles a través de la sindéresis, la capacidad natural de conocer la ley divina. Además, la vida cristiana se complementa con la acción social de la Iglesia, los sacramentos y las virtudes teologales, que se descubren mediante las Escrituras.
El Aquinate concibe al ser humano compuesto de cuerpo y alma: sigue la teoría hilemórfica aristotélica el alma es la forma del cuerpo y el cuerpo la materia, y aunque así hay unidad entre cuerpo y alma, a diferencia de Aristóteles, ve que el alma es inmortal y sobrevive al cuerpo como requiere el dogma cristiano. El alma tiene origen: es puesta en el cuerpo por Dios, como Causa primera, de modo infuso. Sigue Sto. Tomás a Aristóteles en las tres facultades del alma: vegetativa, parte nutricional de todo ser vivo, sensitiva propia del animal que posibilita tener sensaciones, e intelectiva, parte racional exclusiva del hombre para conocer. Su concepto del hombre es teleológico, el fin humano es la felicidad o beatitud: al desarrollar pleno el intelecto para alcanzar la verdad eterna que es Dios, es decir, la contemplación de Dios. Este fin humano es sobrenatural, pues la plena felicidad o contemplación de Dios no puede darse en vida, sino más allá. Sto. Tomás propone así un ser humano cuyo intelecto guía con su razón a los deseos de la voluntad: el intelecto prevalece a la voluntad, pues le muestra siempre su objeto de deseo. Así recupera la noción aristotélica de libertad: para el Aquinate el ser humano es libre porque el intelecto posibilita la elección voluntaria. Y lo que individualiza a cada ser humano es su materia particular. Por último, el Aquinate expone que la ley eterna de Dios se da en el humano como ley natural o moral, que son los fines inherentes para los que existe cada facultad humana -vegetativa, sensitiva, intelectiva- creada por Dios. La sindéresis es la potencia del ser humano para descubrir dentro de él la ley natural o moral y seguirla.
Problema fundamental del conocimiento en la Edad Media es el problema de la relación entre razón y fe. Primero, el Aquinate crítica a la Patrística por su predominio de la fe sobre la razón, pues por la analogía de atribución podemos acceder lógicamente al ser de Dios, de manera que, aunque haya verdades de fe hasta estas pueden ser explicadas racionalmente. Segundo, critica a la deriva de la Doctrina de la doble verdad, pues algunos partidarios decían que la verdad es doble (de fe o razón), pero es la misma y no sólo se llega por fe, también por razón con la analogía de atribución. Como Aristóteles, para Sto. Tomás la ciencia es de lo universal y se inicia en la experiencia sensible para obtener el universal, esto es la abstracción: por la que el intelecto agente obtiene el universal de la forma abstracta de un ente, por la experiencia sensible de su forma sensible. Así el proceso de conocer es inductivo: parte de la sensación para llegar al conocimiento. Y en el averroísmo, este intelecto único era el saber universal para todos y separado de cada humano, pero sustentado en la unidad hilemórfica del sujeto: esto discutía la inmortalidad cristiana del alma, pues si el intelecto, parte del alma en contacto con lo universal y eterno, es substancia distinta del alma, el alma es corruptible y muere con el sujeto corpóreo. Contra este averroísmo latino, el Aquinate replica que la unidad del intelecto es su diferencia con otras facultades del alma, no que sea substancia separada del alma o el sujeto. Así, en el problema de los universales, para Sto. Tomás el universal no existe por sí mismo al margen del ente individual.
Sto. Tomás propone una ética teleológica: el fin del ser humano es la felicidad, que es desarrollar su intelecto llegando a la verdad, esto es, contemplar a Dios. Esta felicidad o beatitud es un fin sobrenatural, ya que Dios está fuera de la naturaleza, sólo se da más allá de la vida. Como en Aristóteles la felicidad se adquiría en el ejercicio de las virtudes, pero en su cristianización el Aquinate propone que la felicidad como contemplación de Dios es la Salvación cristiana, basada en tender al bien con las virtudes; el mal es privación del bien. A las clásicas griegas, llamadas virtudes cardinales por los cristianos, templanza, fortaleza, justicia y prudencia o sabiduría, añaden las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Las virtudes se enfocan a cumplir la ley eterna de Dios, impuesta en el ser humano como ley natural o moral. Esta se da en un precepto general que es que el ser humano debe hacer el bien y no el mal, dividido en tres preceptos por cada facultad del alma: en la vegetativa conservar la vida, en la sensitiva educar a los hijos y en la intelectiva buscar la verdad de Dios y la justicia. Estos preceptos son universales, inmutables y evidentes, y accesibles por la sindéresis: la capacidad natural para descubrir la ley natural impuesta por Dios. Hay otros preceptos secundarios para la vida cotidiana.
Pero la acción social de la Iglesia Católica es necesaria, pues la salvación se adquiere con los sacramentos, y las virtudes teologales se conocen por las Sagradas Escrituras. Dado que el fin de la política es la felicidad de la comunidad y esta es la salvación cristiana, la implicación de la Iglesia administradora de sacramentos es esencial para realizar el fin político del Estado civil. La ley natural o moral de los seres humanos se da como ley positiva redactada en los Estados civiles. Los mejores regímenes de Estados son: monarquía o gobierno de uno, aristocracia o gobierno de los mejores y democracia o gobierno del pueblo. Sto. Tomás justifica la desobediencia civil si la ley positiva contradice la ley natural o moral.
COMENTARIO
Este fragmento pertenece a Santo Tomás de Aquino (1225-1274), quien estudió en Nápoles, París y Colonia, donde su maestro le introdujo al Aristotelismo. En este caso, se trata de un fragmento de la Suma Teológica donde trata el problema del conocimiento. Otra de sus grandes obras fue Suma contra los Gentiles.
El pensamiento filosófico y teológico de Tomás de Aquino busca conciliar la doctrina cristiana con la filosofía aristotélica, integrando fe y razón, pero subrayando siempre los principios cristianos. La principal diferencia entre Aristóteles y Tomás es que este último acepta la creación divina del mundo, un concepto ajeno al aristotelismo. Tomás introduce la distinción entre esencia (definición del ser, necesaria) y existencia (ser en acto, posible), argumentando que solo Dios tiene una existencia que coincide con su esencia, siendo el único ser necesario. Los demás seres existen por participación de Dios, y esta participación varía según un orden jerárquico de perfección. A diferencia de Aristóteles, Tomás adopta una lógica de analogía de atribución, en la que todo lo que se predica de los seres (como bueno o bello) se aplica a Dios en su forma más perfecta. Esto le permite criticar el misticismo agustiniano, proponiendo que se puede llegar a Dios mediante la razón natural.