Portada » Griego » Religión y Poder en el Antiguo Egipto: Faraones, Dioses y Vida Eterna
En el Antiguo Egipto, como en otras culturas clásicas, la religión se caracterizaba por un profundo etnocentrismo. Lo propio de la civilización egipcia, incluida la religión, era considerado lo único auténtico y verdadero. La religión no era solo trascendental, aspirando a un mundo superior incognoscible, sino que también involucraba un complejo sistema de ritos, a menudo mágicos, destinados a ayudar a las personas tanto en esta vida como en su tránsito al más allá.
Una de las características más distintivas de la religión del Antiguo Egipto era su institucionalización y la divinización no solo de fenómenos naturales (como el recorrido del sol o la disposición de las estrellas), sino también del faraón. Esta divinización, al igual que la corona, se transmitía hereditariamente.
El faraón era considerado un dios, la encarnación de una deidad en la tierra. Se autodenominaba hijo de un dios (las terminaciones «-amón» o «-atón», o el prefijo «Ra-» en muchos nombres de faraones indican la deidad de la cual eran considerados encarnación y a la cual rendían culto). Tras su muerte, el faraón se convertía en un dios más. Como encarnación divina, era el máximo gobernante y responsable del orden terrenal, de forma similar a como los dioses mantenían el orden cósmico.
Como elemento fundamental de este orden, el faraón era considerado el único poseedor de la ma’at. Este término, traducido a veces como «recto orden», representaba la capacidad innata del faraón (por su naturaleza divina) para actuar con justicia y sabiduría, manteniendo el equilibrio del mundo. El concepto de ma’at también abarcaba aspectos morales y jurídicos.
Dentro de este contexto de poder, se comprenden mejor las numerosas crisis políticas del Antiguo Egipto. Antes del 2000 a.C., Egipto estaba dividido entre el Bajo y el Alto Egipto, pero posteriormente se unificaron en un poderoso reino. Las dinastías faraónicas se sucedieron en períodos relativamente cortos, debido a la tentación de controlar un imperio tan vasto. Estos cambios constantes de gobernantes, con sus respectivas normas y preferencias religiosas (por ejemplo, el cambio de culto de Ra a Atón durante el reinado de Akenatón en la XVIII dinastía), generaban inestabilidad y cambios en la vida cotidiana.
La religión desempeñaba un papel crucial en la ceremonia de coronación y en la vida diaria, con rituales que representaban el ciclo solar, ceremonias de exaltación a los dioses, prácticas mágicas para influir en eventos sociales e incluso conjuros para facilitar el tránsito al más allá.
La institucionalización religiosa también se reflejaba en la organización social. Cada ciudad tenía un dios principal, y los sumos sacerdotes eran elegidos para adorarlo. Esta diversidad de cultos, influenciada por la dinastía gobernante, también contribuía a la variabilidad en las costumbres.
Existía una tensión entre los sacerdotes y el faraón. Aunque el faraón era el líder supremo, los sacerdotes buscaban controlar el culto (Figura 1), a veces desacralizando al faraón. Sin embargo, la supuesta divinidad del faraón limitaba el poder del clero, relegando a los sacerdotes a un papel secundario, actuando en nombre del faraón en rituales específicos.
El tema central en el Antiguo Egipto era el culto a la muerte. La grandiosidad de los mausoleos y los rituales para asegurar la supervivencia después de la muerte eran una preocupación primordial, especialmente para la nobleza. La inmortalidad como dios estaba reservada al faraón, pero sus allegados podían aspirar a la esfera celeste si superaban el juicio final. El pueblo llano también sería juzgado, pero su destino era diferente.
La búsqueda de la vida eterna era una preocupación fundamental para los egipcios.
El proceso de momificación y entierro de faraones y dignatarios reflejaba este interés. El ritual incluía la «Apertura de la Boca», la extracción de órganos (incluido el cerebro), la conservación de estos en vasos canopos, el secado del cuerpo, el vendaje con amuletos mágicos y el recitado de oraciones. La momia se colocaba en un sarcófago dentro de una cámara mortuoria, acompañada de ofrendas y, a veces, de sirvientes o incluso del arquitecto de la tumba. Se creía en la inmortalidad del alma, pero solo los dignatarios tenían acceso a los conocimientos necesarios para superar el juicio del «pesado del corazón» y alcanzar la iniciación.
(Figura 2) La mitología egipcia revela un profundo conocimiento astrológico, con dioses asociados a astros. El mito de la creación representa el orden cósmico: el sol, como fuerza creadora, engendró a Shu y Tefnut, quienes a su vez dieron origen a Geb (la Tierra) y Nut (el Cielo), padres de Osiris, Isis, Seth y Neftis.
El inmovilismo era un concepto central en la cosmogonía egipcia. El cosmos tenía un orden inmutable protegido por los dioses, especialmente Ra, quien debía evitar que la serpiente Seth devorara al sol, un evento que se creía que ocurría diariamente y que requería la intervención divina para su liberación.
La intervención divina era crucial para que el alma alcanzara la inmortalidad. En El Libro de los Muertos, el difunto se identificaba con los dioses y recitaba conjuros para la iniciación. El sarcófago también representaba a las deidades. El juicio final, presidido por Osiris, determinaba el destino del alma. Inicialmente, solo los faraones podían ascender a la esfera celeste.
Alrededor del 2000 a.C., la religión se «democratizó» en cierto sentido. Cualquier persona podía aspirar a la vida eterna, siempre que pudiera costear las enseñanzas y tributos necesarios, aunque nunca alcanzaría el estatus de dios, reservado al faraón.
El alma debía preservar su memoria y recordar su nombre para evitar una «segunda muerte». El proceso de la muerte era, por tanto, el evento más importante en la vida egipcia, y todas las acciones estaban, de una forma u otra, relacionadas con la preparación para este tránsito.