Portada » Historia » Reinado de Felipe IV: Rebeliones de Cataluña y Portugal en el Siglo XVII
El siglo XVII marcó una etapa de declive para la Monarquía Hispánica, caracterizada por la influencia de validos, la crisis económica y la pérdida de la hegemonía en Europa y el mundo. Felipe IV (1621-1665) ascendió al trono al inicio de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). La fase más crucial de su reinado coincidió con el gobierno del Conde-Duque de Olivares (1621-1642), quien implementó planes centralizadores y reformas con el objetivo de restaurar la importancia internacional de la monarquía, imponiendo un modelo absolutista donde el valido concentraba las decisiones.
Los intentos de reforma fueron significativos: se tomaron medidas contra la corrupción, aunque simultáneamente se incrementó la burocracia mediante la creación de Juntas de Reformas para cada asunto específico, todas bajo la supervisión de la Junta Grande de Reformación (1622). En el ámbito económico, se promovió el proteccionismo comercial (mercantilismo) y se intentó establecer un impuesto único y eliminar las aduanas, proyecto que no prosperó debido a las sublevaciones.
El proyecto más ambicioso fue la Unión de Armas en 1625, que buscaba que todos los reinos contribuyeran proporcionalmente al sostenimiento económico del Estado. Se pretendía crear un ejército común y suprimir ciertos fueros. Este proyecto aspiraba a formar una reserva militar de 140.000 soldados para enfrentar amenazas externas, con la colaboración de los diversos territorios. Cataluña y Portugal debían aportar 16.000 soldados cada uno. Sin embargo, la propuesta no recibió apoyo y, a partir de 1630, se desencadenaron una serie de levantamientos en diferentes territorios, sumados a la guerra en Europa. Los levantamientos de Vizcaya (1632), Sicilia y Nápoles (1645) tuvieron un carácter popular y fueron sofocados rápidamente. Los intentos de rebelión en Andalucía (1641) y Aragón (1648) fueron liderados por nobles con graves problemas económicos, que buscaban establecer reinos independientes; estas sublevaciones fueron descubiertas y abortadas con prontitud.
Las causas de la sublevación catalana fueron tanto internas como externas. Se protestaba contra la imposición de la Unión de Armas y la presencia de tropas castellanas en Cataluña, enviadas por el Conde-Duque para combatir a Francia en el contexto de la Guerra de los Treinta Años. La reacción del campesinado fue inmediata: la sublevación estalló el día del Corpus de Sangre, con un levantamiento de carácter social de los campesinos que acudían para la siega. El virrey, conde de Santa Coloma, fue asesinado y su palacio asaltado. El apoyo de las ciudades y la nobleza a la sublevación contra el virrey la transformó en una rebelión política. Los catalanes proclamaron la República independiente (1641) bajo el protectorado de Francia, jurando fidelidad a este país. No obstante, la dureza de la ocupación militar francesa provocó una reacción contra el sometimiento a Francia. En 1652, Cataluña se reintegró a España.
La sublevación portuguesa fue una respuesta a las reformas de Olivares y al pago de impuestos. Los disturbios fueron constantes desde 1628 hasta que, en 1640, la princesa Margarita de Saboya, virreina en Portugal, fue escoltada hasta la frontera. Los rebeldes tomaron el control de Portugal y proclamaron rey al Duque de Braganza, quien adoptó el título de Juan IV. La escasa resistencia se debió a que las tropas españolas estaban combatiendo en Europa y Cataluña. Tras la destitución del Conde-Duque de Olivares, se intentó la reconquista en las llamadas Guerras de la Restauración Portuguesa, que consistieron principalmente en escaramuzas e incursiones en ciudades fronterizas a lo largo de tres periodos, afectando especialmente a Extremadura: