Portada » Historia » Orígenes y Evolución del Movimiento Obrero: Marxismo y Anarquismo
El movimiento obrero, entendido como el conjunto de iniciativas de los trabajadores asalariados para lograr mejoras laborales y políticas, surgió como respuesta a las transformaciones sociales y económicas de la Revolución Industrial. La transición de trabajadores a obreros, en un contexto sin legislación laboral, llevó a los empresarios a buscar el máximo beneficio. Ante esta situación, surgió la primera protesta obrera.
A finales del siglo XVIII, grupos organizados de obreros comenzaron a destruir máquinas, a las que consideraban culpables del empeoramiento de sus condiciones. Este movimiento, conocido como ludismo, se inspiró en la figura legendaria de Ned Ludd. El Parlamento británico reaccionó con dureza, aprobando la pena de muerte para los ludistas. Inglaterra fue pionera en estos movimientos.
Posteriormente, el movimiento obrero buscó organizarse y presionar para obtener el reconocimiento legal del derecho de asociación. En 1824, Gran Bretaña reconoció este derecho, seguido por otros países del continente. Así, comenzaron a surgir los sindicatos por oficios.
El movimiento obrero, consciente de la necesidad de cambiar las leyes para mejorar su situación, impulsó el cartismo en 1838. Este movimiento, llamado así por la «Carta del Pueblo» que redactaron, reivindicaba cambios en el sistema de votación y la ampliación del cuerpo electoral. Aunque estas medidas iniciales no fueron fructíferas, sentaron las bases para futuras acciones.
El movimiento obrero adoptó la huelga como principal instrumento de presión. A partir de este momento, se exigieron mejoras laborales como:
Además, se reivindicó el sufragio universal, ya que los obreros no tenían derecho al voto. La tensión entre la patronal (los empresarios) y los trabajadores fue en aumento. Los empresarios recurrieron a sanciones, despidos e incluso a la policía y el ejército para reprimir huelgas y manifestaciones.
El movimiento obrero se fundamentó en dos ideologías principales, consolidadas en torno a las revoluciones de 1848:
El marxismo, nombrado así por el alemán Karl Marx y su colaborador Friedrich Engels, expuso su ideología socialista en obras como «El Manifiesto Comunista» y «El Capital». Sus pilares fundamentales son:
El anarquismo, con figuras clave como el ruso Mijaíl Bakunin y el francés Pierre-Joseph Proudhon, aspiraba a una revolución que estableciera la máxima libertad individual. Se oponían a cualquier institución que limitara esta libertad, como el Estado, la Iglesia y el ejército. Proponían un retorno al mundo rural, a la producción agrícola, organizándose en comunas, pequeñas células de población federadas libremente. La riqueza se distribuiría según las necesidades.
A diferencia del socialismo, que buscaba la revolución por métodos pacíficos, el anarquismo no reconocía ninguna autoridad (incluidos los partidos políticos) y no dudaba en emplear métodos violentos como el pistolerismo, los atentados y el terrorismo.
En 1864, se creó en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), impulsada por la necesidad de los trabajadores británicos de evitar la contratación de mano de obra extranjera durante las huelgas. Marx y Bakunin fueron figuras centrales. La AIT buscaba la solidaridad obrera internacional. Sin embargo, las discrepancias entre socialistas y anarquistas llevaron a la expulsión de estos últimos.
Otras reivindicaciones de la AIT fueron:
Posteriormente, se instituyó la fiesta del Primero de Mayo y el himno de «La Internacional».
Con la Revolución Industrial, se consolidó el liberalismo económico, teorizado por el economista británico Adam Smith en su obra de 1776, «La Riqueza de las Naciones». Smith argumentaba que el comercio era el verdadero motor de la economía y que el Estado no debía intervenir, ya que los industriales y comerciantes, al buscar su propio enriquecimiento, enriquecerían indirectamente al país. Los precios se autorregularían por las leyes del mercado (oferta y demanda). El Estado solo debía asegurar el buen funcionamiento de la economía: proteger las fronteras, mejorar las comunicaciones y construir puertos. Se consolidó, en definitiva, la iniciativa privada.