Portada » Lenguas extranjeras » Judas Iscariote: Historia y Caída del Apóstol Traidor
Judas Iscariote, el duodécimo apóstol, fue elegido por Natanael. Los padres de Judas, siendo saduceos, repudiaron a su hijo cuando este se unió a los discípulos de Juan el Bautista. Cuando Natanael lo encontró en Tariquea, Judas buscaba trabajo en una empresa desecadora de pescado en el extremo sur del Mar de Galilea. Judas no se comprendía a sí mismo; no era sincero consigo mismo.
Andrés nombró a Judas tesorero de los doce, un puesto para el que estaba eminentemente preparado. Hasta el momento de traicionar a su Maestro, cumplió con las responsabilidades de su cargo de manera honesta, fiel y eficaz.
Judas no admiraba ningún rasgo especial de Jesús, aparte de su personalidad atractiva y encantadora. Nunca superó sus prejuicios de judeo contra sus compañeros galileos; incluso llegó a criticar, en su mente, muchas cosas de Jesús. Albergaba la noción de que Jesús era tímido y temeroso de afirmar su propio poder y autoridad.
Judas era un hombre de negocios sobresaliente, un gran ejecutivo, un financiero previsor y capaz, y un defensor de la organización. Judas Iscariote era un tesorero incomparable, un hombre culto, un apóstol leal (aunque a veces crítico) y un gran acierto en todos los sentidos de la palabra. El caso de Judas ilustra la verdad del proverbio: «Hay un camino que le parece justo a un hombre, pero cuyo final es la muerte». En el aspecto financiero, Judas siempre fue leal a su Maestro y a sus compañeros apóstoles. El dinero nunca hubiera podido ser el motivo de su traición.
Judas era el hijo único de unos padres poco sabios, que lo consintieron y mimaron; fue un niño malcriado. Durante toda su vida, había cultivado el hábito de desquitarse con aquellos que suponía que lo habían maltratado. Su sentido de los valores y de las lealtades era defectuoso.
Para Jesús, Judas era una aventura de la fe. La puerta de la vida eterna está abierta de par en par para todos; «todo el que quiera puede venir»; no hay restricciones ni limitaciones, salvo la fe del que viene.
Jesús permitió que Judas continuara hasta el fin, haciendo siempre todo lo posible por transformar y salvar a este apóstol débil y confundido. Judas creció intelectualmente en cuanto a las enseñanzas de Jesús sobre el reino, pero no progresó en la adquisición de un carácter espiritual, como lo hicieron los otros apóstoles. No consiguió realizar un progreso personal satisfactorio en su experiencia espiritual.
Judas se dedicó a cavilar cada vez más sobre sus desilusiones personales, y finalmente se convirtió en una víctima del resentimiento. Se obsesionó con la idea de desquitarse, de hacer lo que fuera para vengarse, incluso traicionando a sus compañeros y a su Maestro.
Estas ideas perversas y peligrosas no cobraron forma definitiva hasta el día en que una mujer agradecida rompió un costoso frasco de incienso a los pies de Jesús. Esto le pareció a Judas un despilfarro, y cuando Jesús rechazó su protesta pública allí mismo en presencia de todos, aquello fue demasiado para él. Cristalizó toda la maldad de su naturaleza sobre la única persona inocente de todo el drama sórdido de su vida desgraciada, simplemente porque Jesús era el actor principal en el episodio que marcó su pasaje desde el reino progresivo de la luz al dominio de las tinieblas escogido por él mismo.
En muchas ocasiones, tanto en público como en privado, el Maestro había advertido a Judas que se estaba desviando, pero las advertencias divinas son generalmente inútiles cuando se dirigen a una naturaleza humana amargada. El hijo del resentimiento fracasó; cedió a los dictados agrios y sórdidos de una mente orgullosa y vengativa que exageraba su propia importancia, y se hundió rápidamente en la confusión, la desesperación y la depravación.
Judas dio comienzo entonces a la intriga vil y vergonzosa de traicionar a su Señor y Maestro, y rápidamente llevó a cabo su nefasto proyecto. Durante la ejecución de sus planes de traición, concebidos en la cólera, experimentó momentos de pesar y de vergüenza, y en esos intervalos de lucidez concebía tímidamente la idea, para justificarse en su propia mente, de que Jesús quizás podría ejercer su poder y salvarse en el último momento.
Cuando este asunto sórdido y pecaminoso hubo terminado, este mortal renegado, que con tanta ligereza había vendido a su amigo por treinta monedas de plata para satisfacer las ansias de venganza que había alimentado durante tanto tiempo, salió precipitadamente y cometió el acto final del drama consistente en huir de las realidades de la existencia mortal: se suicidó.
Los once apóstoles se quedaron horrorizados, anonadados. A los mundos les ha resultado difícil perdonar a Judas, y se evita pronunciar su nombre.