Portada » Filosofía » John Stuart Mill: Utilitarismo, Libertad y Pensamiento Social
John Stuart Mill concibe la filosofía como un reflejo del esplendor de la sociedad industrial. Su pensamiento se caracteriza por el positivismo, el utilitarismo social, el historicismo y un perspectivismo vitalista.
El utilitarismo surge en el contexto del desarrollo industrial, el aumento de la producción, la expansión colonial y el libre mercado. El primer utilitarismo se da en J. Bentham, y su seguidor más destacado es Mill.
Desde esta perspectiva, la economía debe basarse en la libertad de mercado (aunque se menciona el mercantilismo como alternativa); si esto es así, la moral y la ética deben ser consideradas desde esta óptica económica. Un acto moral se puede medir. Las acciones morales no tienen un valor intrínseco; no se puede decir *a priori* si algo está bien o mal (en línea con Hume), sino que se miden por sus consecuencias (efectos): buscan más felicidad y menos desgracia. El dolor quita felicidad o aumenta la desgracia.
La ética individual solo tiene sentido en el ámbito social. La frase clave del utilitarismo es: asegurar la máxima cantidad de placer para el máximo número de personas. Este principio se basa, en parte, en el consumo de objetos propio del capitalismo: a más consumo, más placer. Además, se fomenta más producción, lo que lleva a más consumo, más salarios, y de nuevo, más producción. El utilitarismo es, en este sentido, acorde con la economía capitalista.
Robert Owen, representante del socialismo utópico, criticaba los pilares del capitalismo industrial. Argumentaba que la propiedad privada genera desigualdad social, y que la división del trabajo y las máquinas alienan al trabajador, convirtiéndolo en una cosa más.
J. Stuart Mill defiende el liberalismo: una economía de mercado con propiedad privada, pero con la condición de que el Estado intervenga en el reparto de la riqueza. Sostiene que el capital no puede operar sin control.
Auguste Comte funda la Sociología, que concebía como una ciencia al servicio del orden social. Para Comte, el conocimiento debe basarse en la experiencia, y la sociología se considera la «religión de la Humanidad».
Mill, aunque influido por el positivismo, pone un fuerte énfasis en la libertad del individuo. Defiende que se debe potenciar al individuo, argumentando que sin individuos desarrollados («grandes mentalmente»), no se pueden lograr grandes cosas. El conocimiento no debe servir solo para hacer dinero, sino para fines más elevados, aunque la ética utilitarista defienda que algo está bien si es útil.
La ética política de Mill defiende los principios liberales (propiedad privada y competencia), pero a su vez aboga por la intervención del Estado, especialmente en la educación y reformando el sistema de la propiedad privada. La libertad del individuo debe estar por encima de todo, aunque la autoridad sobre el individuo tiene límites.
En política, Mill defiende la democracia y la igualdad entre sexos.
La teoría del conocimiento de Mill se basa en el empirismo (influencia de Hume). El conocimiento deriva de las impresiones asociadas por la experiencia. El proceso de inducción nos permite generalizar: si algo es verdad en unos casos, lo damos por verdadero para todos los casos parecidos. Mill reconoce que no es posible tener un conocimiento pleno de la realidad; no tenemos certeza absoluta de las cosas. Sin embargo, existe cierta regularidad en la naturaleza que nos permite hacer previsiones probables y obtener un conocimiento útil.
Mill aplica su teoría empirista, originada en las ciencias naturales, a las ciencias sociales y morales. Se enfrenta a la «doctrina de las circunstancias»: ¿es posible hacer ciencia de los fenómenos humanos? Mill responde afirmativamente. Argumenta que, aunque las ciencias sociales no tienen la exactitud de las naturales debido a la existencia de la voluntad y la libertad, la acción humana está determinada por las circunstancias. Por tanto, podemos hacer predicciones porque el comportamiento responde a causas; si el comportamiento está determinado, la acción humana es predecible.
Esto no implica fatalismo (la creencia en un destino inexorable). La libertad es la voluntad, que no significa indeterminismo. La libertad también consiste en poder modificar el propio carácter, ya que este es el resultado de la educación y las circunstancias. La conducta viene dada por las circunstancias y el carácter personal. Con la libertad, se puede modificar el carácter mediante el autoperfeccionamiento y así conseguir la felicidad.
El utilitarismo se inscribe en la ética eudemonista (del griego eudaimonia = felicidad). Aristóteles fue el primero en desarrollar una ética de este tipo (para él, la felicidad era el saber; para Epicuro, el placer). Eudaimonia significa literalmente «tener un buen espíritu» o «buena suerte».
El utilitarismo es una ética consecuencialista: el valor de las acciones depende de sus consecuencias. Si contribuyen a la felicidad general, están bien; si conducen a la desgracia, están mal.
La ética utilitarista de Mill, basada en Bentham y su padre James Mill, se aplica tanto a decisiones personales (ética) como colectivas (política). El fin último es la felicidad.
Mill distingue tipos de placeres y argumenta que la felicidad del ser humano tiene cualidades específicas, tanto intelectuales como afectivas. El desarrollo de las capacidades específicamente humanas es clave: el autodesarrollo, el autoperfeccionamiento, marcarse y cumplir objetivos. Aquello que nos hace superarnos a nosotros mismos es lo que nos proporciona la verdadera felicidad.
La libertad del individuo es fundamental. Es la capacidad de modificar el propio carácter, la personalidad y las determinaciones que nos constituyen. El individuo es capaz de crear formas de vida gracias a su capacidad creativa, aportando diferentes perspectivas a la sociedad. La sociedad no puede impedir esa libertad siempre y cuando no afecte a la libertad de los otros. Alguien puede hacer lo que quiera, incluso aunque parezca que se hace daño a sí mismo, pero la sociedad no puede impedírselo coactivamente porque entonces le arrebataría su libertad (Principio de Daño).
El liberalismo clásico se basa en el libre mercado y la no intervención del Estado. Mill defiende el libre mercado porque promueve la iniciativa individual: permite a las personas crear, vender, plasmar sus talentos y ofrecer servicios útiles.
Sin embargo, Mill observa un problema: el libre mercado no regulado tiende a la acumulación de capital en pocas manos, generando monopolios y una gran desigualdad (unos pocos ricos y muchos pobres). Esta tendencia lleva a una desigualdad que el Estado debería intervenir para evitar o mitigar.