Portada » Historia » Historia de España: Desde la Hispania Romana hasta los Pactos de Familia
Debido a la posición geográfica de la península ibérica, fue ocupada por fenicios, griegos y cartagineses hasta la llegada de los romanos, quienes conquistaron y romanizaron todo el territorio. Desde el siglo III hasta el siglo I a.C., se distinguen tres fases en este proceso:
La Romanización es el proceso por el cual la población autóctona de la península asimiló las características principales de la cultura romana, como el arte y las instituciones. Este proceso se llevó a cabo a través del ejército, la creación de nuevas colonias, y resultó en la división territorial, una sociedad esclavista y una cultura común.
A partir del siglo XIII, se produjo una decadencia del Imperio Romano, lo que llevó a su división: una parte se mantuvo como Imperio Bizantino, y la otra cayó en manos de los pueblos del norte.
A finales del siglo XVIII, España comenzó a experimentar el agotamiento del Antiguo Régimen, caracterizado por una monarquía absoluta, una sociedad estamental y una economía rígida que resultaba ineficaz para afrontar las crisis políticas y económicas. El impulso de la Ilustración, el Liberalismo y la Revolución Francesa motivaron la búsqueda de un cambio, aunque en España este proceso fue lento y fragmentado. El contexto de la Guerra de la Independencia (1808-1814) contra la ocupación francesa, tras las Abdicaciones de Bayona y el reinado impuesto de José I Bonaparte, aceleró el surgimiento de nuevas estructuras de poder en las zonas no ocupadas. Estas estructuras se organizaron a través de juntas locales y provinciales que finalmente derivaron en la Junta Central Suprema, que convocó las Cortes de Cádiz en 1810. Esta asamblea representativa rompió con el modelo estamental tradicional, al actuar en nombre de la nación y no del rey, aunque jurando lealtad a Fernando VII.
Las Cortes incluyeron tres grupos ideológicos: los absolutistas, defensores de la monarquía tradicional; los moderados o jovellanistas, partidarios de una soberanía compartida entre el rey y las Cortes; y los liberales, promotores de la soberanía nacional, la división de poderes y la igualdad jurídica. Aunque minoritarios, los liberales lograron imponer sus tesis con algunas concesiones.
La Constitución de 1812, conocida como «La Pepa», estableció un sistema de monarquía parlamentaria que limitaba el poder del rey y asentaba la soberanía nacional en la nación, representada en unas Cortes unicamerales elegidas mediante sufragio masculino indirecto y censitario, donde solo podían votar los varones mayores de 25 años con recursos económicos. Se definió la división de poderes: el legislativo, ejercido por las Cortes; el ejecutivo, a cargo del rey, con restricciones como la elección de sus ministros y la necesidad de actuar conforme a la Constitución; y el judicial, independiente y en manos de los tribunales. Se proclamaron derechos como la igualdad civil, la propiedad individual, el derecho a la educación, la creación de ayuntamientos electivos y la milicia nacional, manteniendo la religión católica como única permitida, sin reconocer la libertad de culto.
Además, la Constitución supuso el fin del régimen feudal, con medidas como la abolición del feudalismo en 1811, la supresión de la Inquisición, los diezmos, las aduanas internas y los gremios, así como la regulación del mercado y la abolición de los derechos de la Mesta. Aunque su vigencia fue breve debido al retorno del absolutismo con Fernando VII, esta Constitución marcó el inicio del liberalismo en España y sirvió de inspiración para otros textos constitucionales en Europa y América.
Isabel de Castilla y Fernando II de Aragón contraen matrimonio en 1469. Isabel sucedió en el trono a su hermanastro Enrique IV tras una guerra civil con su sobrina Juana la Beltraneja.
Finalizada tras el Tratado de Alcaçovas en 1479, donde Isabel fue reconocida reina y se firmó un reparto del Atlántico. Fernando, ese mismo año, sucedió en Aragón.
En esta unión dinástica, dada en 1475 con la Concordia de Segovia, Isabel otorgó a Fernando participación en el gobierno castellano, reservándose los derechos sucesorios. En 1481, Fernando hizo lo mismo, pero debido a la monarquía pactista, Isabel fue reina consorte.
A pesar de la unión, cada reino mantuvo sus instituciones por separado, unidos solo en la política exterior.
La monarquía pasó a ser de carácter autoritario y minimizaron el poder de los nobles mediante órganos como el Consejo Real, ocupado por burgueses letrados. Otras instituciones de alta importancia fueron las Cortes, más flexibles en Castilla, mientras que en Aragón había una por reino, teniendo una estructura rígida. La justicia fue llevada por las Chancillerías (Valladolid y Granada) y las Audiencias (Santiago de Compostela y Sevilla). Por último, cabe destacar la Santa Hermandad, institución resucitada como garantizadora del orden, y el Tribunal de la Santa Inquisición, que sirvió como instrumento político y encargado de acabar con los herejes. También cabe mencionar instituciones aragonesas como el Consejo de Aragón, las Audiencias y el Consell o gobierno de las ciudades.
En cuanto a la Guerra de Granada (1482), los Reyes Católicos aprovecharon la inestabilidad del reino Nazarí y, sin apenas enfrentamientos, destacando los asedios, tomaron la ciudad en 1492 tras la firma de las Capitulaciones de Granada por parte de Boabdil. Estas estipulaban la libertad religiosa musulmana en la península, aunque en un tiempo se forzaría a la conversión o expulsión a judíos y musulmanes por igual. Como conclusión, la unión dinástica se completó con territorios como Navarra y Canarias; además de asentar importantes alianzas internacionales mediante uniones de sus hijos.
Carlos II (1665-1700) murió sin descendencia, con él acabó la dinastía Habsburgo. A pesar de la decadencia, la monarquía española conservaba territorios, por lo que la sucesión terminó en una lucha por la hegemonía europea.
Había dos candidatos: Felipe de Borbón y Carlos de Austria. Carlos II pensó que Francia sería un buen aliado para mantener la integridad territorial, por lo que Felipe V debía renunciar a sus derechos al trono francés. El nuevo rey fue bien recibido en España y solo Leopoldo I, emperador de Austria y hermano de Carlos, no aceptó el testamento.
Las sucesivas decisiones (las muestras de querer controlar la monarquía hispánica) que adoptó el rey francés, Luis XIV, cambiaron los acontecimientos: mantuvo los derechos sucesorios de Felipe V al trono francés y este envió un ejército francés a los Países Bajos donde se lograron privilegios comerciales para Francia en América (esto perjudicó a Felipe V).
Estas decisiones provocaron la Alianza de La Haya (1701), integrada por Austria, Holanda e Inglaterra, y luego se unieron Saboya, Portugal y Prusia, se reivindicaron los derechos del archiduque Carlos, al trono español contra Francia. Además de un conflicto europeo, esta guerra también fue un conflicto civil.
En Europa, la guerra fue favorable para la alianza de La Haya, varios triunfos con el apoyo de Inglaterra (base de operaciones en Gibraltar) la balanza se inclinó de parte de Felipe V (triunfando con Almansa, Brihuega y Villaviciosa).
En España, la guerra aún se prolongó, ya que Cataluña no se rindió hasta noviembre de 1714 y Mallorca resistió hasta 1715. La Paz de Utrecht se compone por una serie de tratados bilaterales. Las consecuencias más importantes fueron que Inglaterra se convirtió en la gran potencia mundial y logró ventajas territoriales (Menorca y Gibraltar) y mercantiles. España fue la gran perdedora del conflicto, ya que a cambio del reconocimiento del rey Felipe V tuvo que entregar todo su imperio europeo. Holanda obtuvo enclaves de los Países Bajos.
España se convirtió en una potencia de segundo rango, aliada de Francia y enemiga de Austria e Inglaterra. Felipe V rechazó el tratado de Utrecht y durante los años intentó recuperar los territorios italianos, pero España fue derrotada en 1719 por la cuádruple alianza. Este fracaso llevó a España a buscar alianzas, lo que dio origen a los llamados Pactos de Familia con Francia para asegurar sus intereses. En 1733, obtuvo Nápoles y Sicilia; en 1743, el ducado de Parma para Felipe de Borbón. En 1761, participó en la Guerra de los Siete Años, perdiendo Florida, pero ganando La Luisiana. Tras apoyar la independencia de EE.UU., recuperó Florida y Menorca.