Portada » Filosofía » Filosofía Moderna: Tomás de Aquino, Descartes, Kant y Marx
Santo Tomás de Aquino adaptó la filosofía aristotélica al cristianismo. La filosofía aristotélica era fruto de la razón humana; sin embargo, el pensamiento medieval partía de la Revelación cristiana. Se producía, por tanto, un conflicto: ¿Cuál es el conocimiento verdadero: la teología o la filosofía? Además, si la razón humana puede alcanzar las verdades últimas sobre el mundo, ¿para qué necesitamos la Revelación? ¿Qué ocurre en el caso de que la razón nos diga una cosa y la fe otra distinta? Éste es el problema al que intentará dar solución Santo Tomás.
Los filósofos griegos se habían preguntado por la explicación última de la realidad. Y ante estas preguntas habían propuesto diferentes respuestas por medio de la dialéctica (contraposición de argumentos mediante la razón).
Con la llegada del cristianismo todas estas preguntas últimas quedaban contestadas: el ser es Dios. Por eso, lo primero que tiene que hacer Santo Tomás si quiere adaptar el aristotelismo al cristianismo es solucionar ese conflicto entre la fe y la razón. ¿En qué se diferencian la fe y la razón? En que la fe parte de principios revelados y la razón descubre sus propios principios.
Razón y Fe son dos modos distintos de proceder, pero las verdades son las mismas. Las dos llegan a conclusiones verdaderas y no puede haber conflicto entre ambas, no pueden contradecirse mutuamente. En la revelación se nos dice que Dios existe y explicamos el mundo a partir de ello. La Razón, por su parte, parte de la experiencia de las cosas del mundo, la existencia del movimiento, los tipos de sustancias, etc., y llega a la misma conclusión: Dios existe. El camino es diferente, pero la verdad es una y la misma: la existencia de Dios, en este caso.
Establecida esta distinción entre Fe y Razón, así como la imposibilidad de conflicto entre ambas, aún queda otra dificultad: si podemos llegar a las verdades de la Fe por medio de la Razón, ¿para qué nos las han Revelado? La respuesta de Santo Tomás es: porque no se puede acceder por medio de la Razón a todas las verdades de Fe. Por ejemplo, mediante la razón podemos saber que Dios existe, pero no que es Uno y Trino a la vez. Estas son verdades que el Hombre debe conocer, pero no las consigue mediante la razón, sino mediante la Revelación. Santo Tomás distingue así que las verdades a las que no puede acceder la Razón y que sabemos sólo por Revelación: artículos de Fe (Dios es Uno y Trino) y verdades Reveladas pero que también pueden ser descubiertas por la Razón: preámbulos de la Fe (existencia de Dios).
La existencia de ese ámbito de conocimiento que comparten la Razón y la Fe (los preámbulos de la fe) prueba que tanto una como la otra son conocimientos verdaderos y, por lo tanto, pueden ayudarse mutuamente: la Fe puede marcar el camino de la Razón y es el criterio último de verdad (en el caso de que la Razón contradiga alguna verdad de Fe, habremos cometido algún error en el razonamiento), pero la Razón a su vez puede ayudar a aclarar las verdades reveladas.
Descartes vivió durante el siglo XVII, durante el nacimiento de la Edad Moderna. La modernidad se caracteriza por la revisión y por el rechazo del saber de la Edad Media: el aristotelismo (reelaborado por Santo Tomás de Aquino).
Ante la situación de crisis de la sabiduría tradicional con el surgimiento de una nueva ciencia, Descartes buscará también una nueva filosofía que esté libre de error. Descartes confía en la razón humana y piensa que hace falta encontrar un método para dirigir bien el pensamiento.
Descartes propone buscar una verdad que sea evidente, una verdad de la que no se pueda dudar. Descartes va a utilizar la duda como método para encontrar la verdad más segura, va a someter a absolutamente todo nuestro conocimiento a duda. Si existe algún motivo razonable para dudar de algo o que algo pueda ser mentira, entonces habrá que rechazar dicho conocimiento. Por eso, a este proceso se le llama “duda metódica”, porque es utilizada como método para encontrar la primera y más segura verdad. Y la duda es “universal” porque abarca todo el conocimiento.
Descartes comienza dudando de los conocimientos más inmediatos: el que nos proporcionan nuestros sentidos. Los sentidos nos pueden engañar. Aunque las cosas no sean muchas veces tal y como las percibimos, parece seguro que existen y que las tengo delante. Descartes dice que hay que dudar de ello. La razón es que a veces no podemos distinguir el sueño de la realidad, por lo que no podemos estar absolutamente seguros de que lo que percibimos es tal y como lo percibimos, ni siquiera de que exista.
Siguiendo con la duda metódica podríamos afirmar que, dormidos o despiertos, las verdades matemáticas parecen ser ese tipo de verdades indubitables que estamos buscando. Pero Descartes dice que podría haber un “genio maligno” más poderoso. Es lo que se llama “duda hiperbólica”.
Descartes duda de los sentidos, de la existencia de las cosas que vemos e incluso de los conocimientos matemáticos. Descartes piensa que no puede dudar de que está dudando, es decir, de que estoy pensando, y si estoy pensando es que existo. Puede que todo lo que piense sea mentira y que nada de lo que me rodea exista realmente, pero yo tengo que existir y si me engaño cada vez que pienso, no me engaño si digo “pienso, luego existo” (cogito ergo sum). También inauguró el problema del solipsismo.
Descartes se da cuenta de que lo que ha descubierto es que él existe como pensamiento (sustancia pensante). El contenido de un pensamiento es siempre una idea, pero hay una especial, una que no parece proceder de fuera de él (idea adventicia), ni que haya producido él mismo con la imaginación (idea facticia). Se trata de la idea de Dios (ser perfecto e infinito, sustancia infinita). Ahora bien, si Dios es perfecto, entonces no me puede engañar y no puede haberme dotado de una razón imperfecta por lo que las ideas y lo que la razón descubre en sí misma (ideas innatas) son verdad. Y la razón distingue tres tipos de sustancia: el yo (sustancia pensante), Dios (sustancia infinita) y el Mundo (sustancia extensa). Esas son las sustancias que forman la realidad.
La teoría del conocimiento responde a “¿qué podemos conocer?”
El problema por el fundamento del conocimiento es el gran problema de la Modernidad. El Racionalismo defiende que el fundamento del conocimiento está en la Razón y sus ideas innatas. El empirismo sostiene que el origen del conocimiento está en la experiencia. El problema del empirismo es que, si pensamos que todo nuestro conocimiento procede de la experiencia, entonces no podemos tener un conocimiento objetivo, universal y necesario de la realidad, ya que la experiencia siempre es subjetiva y particular y no podemos hacer ciencia. Kant asume la crítica del empirismo al racionalismo, pero pretende demostrar que la ciencia es posible. Para Kant, la ciencia es un conjunto de juicios que hace el sujeto sobre la realidad y hace una clasificación de los juicios, distinguiendo entre juicios analíticos, juicios sintéticos y juicios a priori y a posteriori y concluye que la ciencia debe basarse en juicios sintéticos a priori. Ahora bien, a priori significa “antes de” la experiencia. ¿Cómo es posible hacer juicios de ese tipo? Kant denomina al sujeto de conocimiento sujeto trascendental y distingue tres facultades en el sujeto que hacen posible el conocimiento: la sensibilidad, el entendimiento y la razón. La sensibilidad tiene unas formas puras que son el espacio y el tiempo, las condiciones de posibilidad de toda experiencia. Y como son las condiciones de posibilidad de toda intuición, entonces son a priori. El entendimiento es el encargado de dar unidad a la experiencia que recibe el sujeto. Esa unidad la consigue elaborando conceptos y juicios que parecen tener su origen en la experiencia y si prescindimos del contenido de los juicios y nos quedamos sólo con su forma podemos ver los modos que tiene el entendimiento de sintetizar. Esos modos son las categorías y son las condiciones de posibilidad que tenemos de pensar un objeto por lo que son a priori. Entre esas categorías encontramos la de sustancia y la de causalidad. La Razón es nuestra capacidad para relacionar juicios y buscar una unidad mayor que englobe toda nuestra experiencia. La Razón busca esa unidad resumiendo toda nuestra experiencia a tres ideas: Mundo, Alma y Dios.
Para Kant el conocimiento consiste en la suma entre los elementos a priori del sujeto y el contenido de la experiencia. Las condiciones que hacen posible la experiencia, son también las que hacen posibles esas ciencias.
La gran aportación de Kant a la teoría del conocimiento es su “giro copernicano”. No es el sujeto el que se adapta a las cosas, sino las cosas las que se adaptan a las formas a priori del sujeto.
El estudio crítico que realiza de la razón, no se limita al uso teórico. La razón no se usa solo para hacer ciencia, sino para saber cómo actuar. La verdadera ética tiene que ser universal, válida para cualquier ser humano en cualquier época o cultura y al igual que la razón se identifica con tres facultades: la sensibilidad, el entendimiento y la razón, en su uso práctico, la razón es voluntad. Kant distingue entre éticas materiales y éticas formales. Las éticas materiales son las que consideran primero lo que es el bien supremo para el hombre (la experiencia de lo que se supone que es la naturaleza humana, son éticas a posteriori. Con el comportamiento de muchos seres humanos dice que todo ser humano busca el placer y su felicidad y la experiencia nos dice que el placer se consigue huyendo del dolor. Kant observa que los preceptos son hipotéticos, es decir decir que están condicionados a obtener ese bien supremo, pero solo es válido si quieres ser feliz. A nuestra razón se le imponen normas desde fuera, por ejemplo, como la naturaleza humana es egoísta, entonces “tienes que buscar tu propio beneficio”. O, si no quieres ir al infierno, entonces “debes ayudar al prójimo”. Pero ni la naturaleza humana ni la amenaza del infierno son internos a la razón.
Según Kant, la ética tiene que ser formal, no se basa en el contenido de las acciones sino en su forma. ¿Qué significa eso? Kant distingue entre acciones contrarias al deber (mentir), acciones conformes al deber (decir la verdad por miedo a ser castigado) y acciones por deber (decir la verdad, porque así debe ser), las verdaderamente morales. Cuando la razón quiere algo “por deber”, se está dando a sí misma la norma y la acción no es un medio para otra cosa, sino un fin en sí misma. La ética se expresa en imperativos y por eso no está basada en lo que las cosas son, sino en lo que deben ser. Por eso no importa que la ciencia diga que el hombre es un animal, la moral dirá si el hombre debe comportarse como un animal o no. Además el imperativo debe ser categórico. Ser sincero, en este caso, es un fin en sí mismo, así lo decide nuestra razón, nuestra voluntad. El único fin de nuestra voluntad es actuar libremente. Por lo que si tu voluntad es libre, entonces tu acción es moral. Por eso Kant formula el imperativo categórico así: que puedas querer que todo ser humano actúe del mismo modo. Un esclavista utiliza al prójimo como un medio para su beneficio, igual que quien hace guerras injustas. Pero lo que nos dice la ética basada en la razón es que tomemos a todo ser humano como un ser que debe actuar libremente.
Marx tiene claro que para entender al ser humano y el mundo en el que vive, hay que entender primero el entorno social. La sociedad en la que vivió Marx era la sociedad industrial del siglo XIX y su sistema económico era el capitalismo.
Marx va a llevar a cabo una crítica del sistema económico capitalista. El sistema capitalista está basado en el capital. En invertir un capital, producir algo, venderlo y sacar un beneficio. Marx dice que el beneficio sale del bajo salario del obrero. Al trabajador siempre se le tiene que pagar menos de lo que vale su trabajo y eso que se le paga de menos se convierte en el beneficio del capitalista. Marx lo llama plusvalía, el obrero siempre da más (plus) valor que el que recibe. En eso consiste la explotación. Cuantos más trabajadores se incorporan al mercado laboral, menor es el valor de su trabajo debido a la ley de la oferta y la demanda. En resumen: el capitalista se apropia del producto del trabajo del obrero.
El concepto de alienación viene de “otro” en latín y significa “hacerse otro”, convertirse en otro que no eres realmente tú. Para Marx la esencia del ser humano es el trabajo, su capacidad de trabajo, de transformar la naturaleza gracias a su fuerza y su inteligencia. En el capitalismo al obrero se le quita el producto de su trabajo y el obrero no trabaja para sí mismo, sino para otro y el trabajador se convierte en proletario. En eso consiste la alienación o enajenación del trabajo.
Además, el proceso (de la fabricación de un producto) está deshumanizado ya que se trabaja en fábricas, con división del trabajo y muchas horas, el trabajo no resulta una satisfacción para el obrero. Así que el obrero está alienado. Otro factor de alienación son las relaciones sociales, el ser humano satisface sus necesidades mediante el trabajo y debería fomentar las relaciones sociales gracias a la cooperación. Pero el capitalismo, en lugar de unir y fomentar la colaboración, separa y fomenta la explotación y el trabajo se convierte en fuente de conflicto entre las clases sociales.
Según Marx nuestras ideas dependen de la sociedad en la que vivimos, y la sociedad se configura según su sistema económico. Esa estructura social se basa en una infraestructura económica, si la sociedad del siglo XIX se divide en dos clases: burguesía y proletariado, es porque su sistema económico necesita de dos componentes: el capital y la fuerza de trabajo. Ahora bien, todas las ideas que se generen en esa cultura irán encaminadas a justificar esa infraestructura económica y sus injusticias. A eso lo llama Marx superestructura ideológica.
La religión se convierte en “el opio del pueblo”, una droga para adormecer al proletariado ofreciendo una vida mejor en otro mundo. Así no se preocupan de mejorar sus condiciones de vida en este mundo. La moral burguesa lo que hace es “tranquilizar las conciencias” de los empresarios ocultando que son unos explotadores. Las leyes, el derecho y la política, parece que quieren la paz social, pero lo que quieren es perpetuar este sistema de explotación.
Marx defiende el modo de pensar que tendría una sociedad justa de hombres libres, que no están alienados ni explotados. Las ideas son el reflejo de una sociedad justa, la ideología es el reflejo de una sociedad injusta.
Tomás de Aquino es un filósofo cristiano del siglo XIII. Representa la cumbre de la escolástica. Es el responsable de la adaptación de la filosofía aristotélica a la tradición filosófica y teológica del cristianismo.
Según Tomás de Aquino, para que los hombres podamos salvarnos no es suficiente con la razón humana, con la filosofía, sino que es, además, imprescindible la revelación. La fe y la razón son dos fuentes de conocimiento distintas. El conocimiento racional, por una parte, comienza con la experiencia sensible y está limitado por lo que podemos deducir de ella. Pero el fin del hombre es Dios y, para alcanzarlo, dicho fin debe ser conocido. No obstante, nuestra razón no puede llegar al conocimiento pleno de un Dios que no se nos ofrece a nuestros sentidos; por lo tanto, hemos de recurrir a la fe, la cual se fundamenta en la revelación divina y amplía y perfecciona a la razón. En su obra, Tomás de Aquino hace referencia a unas verdades que son accesibles tanto desde la fe como desde la razón: son los llamados «preámbulos de la fe». Según nuestro filósofo, existe un ámbito del conocimiento que es exclusivo de la razón (por ejemplo, las leyes de la física), otro que es exclusivo de la fe (los misterios, como el de la Santísima Trinidad) y un ámbito común a ambas facultades. Ejemplos de los llamados «preámbulos de la fe» son que Dios existe, que el alma es inmortal o que el mundo es creado: a estas verdades podemos acceder tanto desde la fe como desde la razón.
Las llamadas «cinco vías» son demostraciones racionales de la existencia de Dios, que es el primero de esos preámbulos de la fe. Todas ellas parten de efectos sensibles que la razón conoce (el movimiento, el orden del mundo, etc.) y nos permiten deducir la existencia de Dios. Así, la razón puede llevarnos a conocer que Dios existe, pero no nos aclara nada sobre cómo es Dios.
Si no pudiéramos conocer los preámbulos de la fe también mediante la revelación, muy pocos serían los que llegaran a ellos. Asimismo, dado que nuestra razón es limitada, podría conducirnos a errores. Por ese motivo, la revelación permite que los hombres conozcan de forma fácil y segura a la divinidad. Por todo ello son necesarias la revelación y la teología.
Descartes es un filósofo y científico francés del siglo XVII. Fue uno de los iniciadores del racionalismo y de la filosofía moderna. Rechazó todo criterio de autoridad que fuese ajeno a la razón y vio en la razón el origen y el fundamento de todo conocimiento.
El filósofo racionalista Descartes defiende la autonomía del conocimiento humano con respecto a la fe o a las Sagradas Escrituras. Asimismo, afirma que la verdad de una proposición depende sólo de la razón. En este sentido, por lo que respecta al conocimiento, no debemos admitir ninguna autoridad ajena a la razón.
En la búsqueda que Descartes lleva a cabo de un saber firme e indudable, el hombre tiene como único apoyo la luz natural de la razón. En ella debemos hallar las verdades elementales a partir de las cuales sea posible construir el edificio entero del saber.
Para nuestro filósofo será fundamental encontrar un punto de partida, una verdad absolutamente cierta. Su ideal de ciencia eran las matemáticas, una ciencia deductiva que parte de principios ciertos y evidentes, y Descartes pretende aplicar ese mismo modelo de saber para construir su nueva filosofía.
Con el fin de encontrar dicha verdad, Descartes propone su duda metódica: un rechazo de todos los conocimientos de los que, en algún momento, es posible dudar. Esto no significa que todo lo que hasta ahora considerábamos verdadero deba ser considerado falso. De lo que se trata es de que los conocimientos que no son del todo seguros no pueden servir como base de un saber nuevo y definitivo.
Existen tres niveles de duda: la información que nos proporcionan los sentidos, las demostraciones científicas y el mundo real. Pero la propia duda acaba dirigiéndonos a la primera verdad: «pienso, luego existo». Esta verdad se encuentra en la propia razón, la cual es fuente primordial del conocimiento para el racionalismo, y sirve como base de un saber firme porque es indudable y porque nos ofrece los rasgos de cualquier otra verdad. De ella deducimos el criterio de certeza: todo lo que es verdadero es evidente, es decir, es claro y distinto.
Desde la existencia del yo pensante y de la idea innata de infinito, Descartes llegará a la idea de Dios y su existencia, y de ésta la existencia del mundo real, las tres sustancias que forman la realidad cartesiana: infinita (Dios), pensante (yo) y extensa (la materia, el cuerpo).
Kant es el principal representante de la filosofía ilustrada alemana del siglo XVIII. Educado en la tradición racionalista, su filosofía crítica, denominada “idealismo trascendental”, pretende superar la oposición entre racionalismo y empirismo.
En la Crítica de la razón pura, obra de Kant a la que pertenece el presente texto, el filósofo se propone descubrir cuáles son los límites de la razón en su uso teórico.
Él parte del reconocimiento de que las matemáticas y la física son ciencias, y se pregunta si la metafísica podría llegar a serlo, es decir, si puede haber un conocimiento científico sobre los temas de la metafísica tradicional: Dios, el alma y el mundo.
Para poder responder esta cuestión, primero es necesario conocer el tipo de juicios propios de las ciencias y averiguar si la metafísica es capaz de elaborarlos.
Según la relación que se establece entre el sujeto y el predicado de un juicio, cabe distinguir entre juicios analíticos (aquellos en los que el significado del concepto que hace de predicado está incluido en el significado del concepto que hace de sujeto, por lo que sólo explican y no añaden información, como en «los triángulos tienen tres ángulos»); y, también, juicios sintéticos (aquellos en los que el significado del concepto que hace de predicado no está incluido en el significado del concepto que hace de sujeto, por lo que añaden información: por ejemplo, «los habitantes de esta ciudad son casi todos muy simpáticos»).
Asimismo, atendiendo a su relación con la experiencia, los juicios pueden ser a priori (es decir, sin origen empírico, sino originados en la propia razón, por lo tanto universales y necesarios) o a posteriori (los que tienen su origen en la experiencia sensible, por lo que no son universales sino sólo particulares).
Todos los juicios analíticos son a priori, mientras que existen juicios sintéticos a posteriori (cuya verdad depende de la experiencia) y juicios sintéticos a priori (que amplían información pero cuya verdad no depende de la experiencia, por lo que son universales y necesarios).
Kanta afirma que los juicios de las ciencias son sintéticos a priori; por eso, la pregunta de si es posible la metafísica como ciencia es la misma que la que plantea si son posibles en la metafísica los juicios sintéticos a priori.
Para que haya conocimiento, según Kant, se requiere la contribución de dos facultades: la sensibilidad y el entendimiento. Kant analiza la sensibilidad y sus formas a priori (el espacio y el tiempo) y cómo son posibles los juicios sintéticos a priori en las matemáticas. Después, estudia el entendimiento y sus conceptos a priori (las categorías) y cómo son posibles los juicios sintéticos a priori en la física. El conocimiento sólo se da cuando las categorías (conceptos vacíos) se aplican a los datos de la sensibilidad (intuiciones sensibles): este es el límite del conocimiento humano.
Así, de este modo, Kant responde negativamente a la pregunta que se planteó sobre la metafísica: no es posible que sea una ciencia, porque las categorías sólo pueden aplicarse legítimamente a los fenómenos dados a través de los sentidos. La aplicación de las categorías fuera de la experiencia sensible da lugar a errores o ilusiones, pero es un hecho que Dios, el alma o el mundo como totalidad no son ni pueden ser objeto de la sensibilidad (Kant los llama «ideas»). En consecuencia, no podemos aplicar válidamente las categorías en esos tres ámbitos, y la metafísica no puede llegar a enunciar juicios sintéticos a priori, por lo que no puede ser ciencia.
Karl Marx fue un filósofo, político y economista alemán del siglo XIX. El objetivo de su filosofía fue analizar críticamente la sociedad burguesa capitalista con el fin de transformarla y superar la alienación y la explotación a la que es sometida la mayor parte de la población.
En este texto, Marx analiza el concepto de alienación del trabajo o alienación económica y expone los riesgos del trabajo alienado: el trabajo es externo al trabajador y es un trabajo forzado, un medio para poder satisfacer las necesidades fuera de él. En la segunda parte del texto, Marx prueba el carácter alienante del trabajo: en el trabajo, el trabajador pertenece a otro.
Uno de los conceptos fundamentales de la filosofía marxista es el concepto de alienación, que hace referencia a la pérdida de libertad por el ser humano en el modo de producción capitalista. En el texto se habla de la alienación del trabajo, de la cual se derivan otras formas de alienación. Para Marx, el trabajo constituye la esencia del ser humano: es algo imprescindible para realizarnos como individuos completos. Pero en el mundo capitalista, el trabajo es externo al trabajador; es decir, es exterior a su ser. Por ello, no leva a la afirmación del individuo, ni a su felicidad, ni a su libertad.
Por el contrario, supone su negación, su infelicidad y una mortificación para su cuerpo y para su espíritu. Así, es un trabajo forzado, no libre, que sólo se cumple por coacción. El trabajador lleva a cabo su actividad laboral para obtener un salario con el que satisfacer sus necesidades. Se ve forzado a trabajar, pero en el trabajo está enajenado, es una actividad que le supone un sacrificio. De hecho, la prueba fundamental de que es un trabajo alienante es que, en su actividad, el trabajador se pierde a sí mismo, ya que tanto el tiempo que está trabajando como el producto de su actividad pertenecen al burgués, dueño de los medios de producción.
La alienación económica promueve otras formas de alienación: la alienación social, que se deriva de la inevitable división de la sociedad en clases enfrentadas; la alienación política, fruto de la separación entre la «sociedad civil» y el «Estado», y, por último, la alienación religiosa (a la que hay una referencia en el texto) y alienación filosófica, que tienen que ver con la conciencia ideológica del ser humano.
Marx persigue la superación de la alienación, objetivo que sólo será realidad cuando desapareca la propiedad privada de los medios de producción y, con ella, las clases sociales; es decir, cuando se supere el sistema capitalista.