Portada » Lengua y literatura » Explorando el Teatro del Siglo XVIII: Raquel, El Delincuente Honrado y La Pradera de San Isidro
La obra Raquel de Vicente García de la Huerta es una tragedia neoclásica escrita en 1778 que refleja las tensiones entre el amor, el poder y la razón de Estado en un contexto donde la política y la moral ilustrada predominaban. Enmarcada dentro del teatro neoclásico español, la obra sigue las reglas de las tres unidades (tiempo, lugar y acción), lo que le otorga una estructura compacta y centrada en el conflicto principal sin desviaciones secundarias. La trama se basa en un episodio histórico medieval: la relación amorosa entre el rey Alfonso VIII de Castilla y Raquel, una mujer judía, cuya presencia en la corte genera el rechazo de la nobleza, lo cual acaba en una tragedia.
La sociedad del siglo XVIII estaba profundamente jerarquizada, con una aristocracia que aún conservaba gran parte de su poder y una burguesía en ascenso que comenzaba a cuestionar el orden tradicional. En Raquel, este sistema social se refleja claramente en la oposición entre la nobleza castellana y la protagonista, una mujer judía que no encaja en los esquemas de poder establecidos. La nobleza, representada por personajes como el conde de Lara, ve en la relación entre el rey y Raquel una amenaza no solo política, sino también social y religiosa. Y es que García de la Huerta plantea una dicotomía entre el amor y el deber político, un tema central en la literatura de la época, en la que se consideraba que el monarca debía gobernar con racionalidad y justicia, sin dejarse arrastrar por pasiones personales. Alfonso VIII, al dejarse llevar por su amor por Raquel, desatiende sus responsabilidades y pone en peligro la estabilidad del reino. Su ceguera amorosa se contrapone al discurso de los nobles que defienden la razón de Estado y la necesidad de preservar el orden establecido.
El antisemitismo presente en la obra también es un reflejo de la sociedad española del siglo XVIII. A pesar de que la Ilustración promovía ideas de tolerancia, España seguía marcada por una fuerte influencia de la Inquisición y una visión excluyente de la identidad nacional. La expulsión de los judíos que se menciona en el desenlace de la obra no solo responde a las necesidades del drama, sino que también es una muestra del temor a los «extranjeros» o en la estructura del poder.
El papel de la mujer en la sociedad ilustrada también se ve reflejado en la obra. Aunque la Ilustración abogaba por la educación femenina y la mejora de la condición de la mujer, la realidad era que su papel seguía siendo secundario y subordinado a los hombres. Raquel es un personaje fuerte y con gran influencia sobre el rey, pero su destino trágico parece enviar un mensaje claro: las mujeres que desafían el orden establecido no pueden tener cabida en el ámbito del poder, es decir, su asesinato es una restauración del orden patriarcal, donde las mujeres no pueden tener un papel protagónico en la política. Cuando ella muere asesinada, Felipe VIII se ve obligado a reafirmar su papel como monarca, expulsando a los judíos y restaurando el orden.
En la corte, la vestimenta era un símbolo de estatus y poder, y la diferencia entre la ropa de los nobles y la de los personajes ajenos a la aristocracia servía para marcar las jerarquías sociales. Raquel, como favorita del rey, probablemente luce atuendos lujosos que reflejan su posición privilegiada en la corte, pero su vestimenta no la protege del rechazo de la nobleza, lo que demuestra su condición de extranjera en un entorno hostil y que el linaje y la tradición eran más importantes que la riqueza o la apariencia.
En conclusión, Raquel es una tragedia que no solo representa los ideales del neoclasicismo, sino que también ofrece una visión de la sociedad del siglo XVIII, con sus jerarquías rígidas, su visión del poder y su relación con la religión y el papel de la mujer. La obra encapsula las tensiones entre la tradición y la modernidad mostrando cómo la razón de Estado se impone sobre las emociones individuales. A través del destino trágico de Raquel y la reafirmación del orden político, García de la Huerta muestra una reflexión sobre los valores de su tiempo, en una España que intentaba modernizarse sin romper completamente con su pasado.
Esta obra, El delincuente honrado de Gaspar Melchor de Jovellanos, es una de las primeras tragedias neoclásicas en España, pertenece al género de la comedia lacrimosa escrita en 1773 en la que el sentimentalismo y la carga emocional juegan un papel fundamental para transmitir un mensaje de reforma social. La historia de Torcuato, un hombre virtuoso que es condenado por una ley inflexible tras haber matado en duelo al esposo de la mujer que ama, Laura, es un claro ejemplo del dilema entre la letra de la ley y la justicia moral. En este sentido, Jovellanos plasma la tensión entre el ideal de un sistema judicial basado en la razón y la realidad de unas leyes rígidas que pueden llevar a la tragedia, reflejando así los valores y aspiraciones del siglo XVIII.
La Ilustración, movimiento dominante en la Europa del siglo XVIII, defendía la razón, la educación y la justicia como pilares fundamentales de una sociedad moderna. En El delincuente honrado, Jovellanos canaliza estas ideas a través de Don Justo, el magistrado encargado de dictar sentencia contra Torcuato, quien se enfrenta al dilema de cumplir con la ley o actuar conforme a su conciencia. La ironía trágica de la obra reside en que Don Justo desconoce que Torcuato es su hijo, esto intensifica el conflicto entre su deber como juez y sus sentimientos personales. Este tipo de dilemas eran habituales en la literatura neoclásica que promovía un teatro con una finalidad moral y educativa.
La obra, además, pone de manifiesto la necesidad de reformar el sistema judicial, una cuestión en la que Jovellanos estaba personalmente implicado como jurista y político, ya que defendía la humanización de las leyes y la proporcionalidad en las penas.
El honor es un tema fundamental en esta obra y uno de los valores más arraigados en la sociedad del siglo XVIII. En aquella época, la honra de un hombre se medía por su conducta, su linaje y su capacidad para defender su reputación ante cualquier ofensa. El duelo, aunque ilegal, seguía siendo una práctica común entre los caballeros para resolver disputas de honor, y la contradicción entre esta costumbre y la legislación vigente es el detonante del conflicto de Torcuato. Su decisión de aceptar su condena en lugar de huir muestra su adhesión a un código de honor que, paradójicamente, lo lleva a la muerte. Sin embargo, la obra también invita a cuestionar esta visión rígida del honor, pues muestra cómo su defensa puede conducir a la tragedia y cómo, en última instancia, es el rey quien restablece la justicia a través del perdón.
En cuanto al amor y la amistad, la relación entre Torcuato y Laura es trágica y sacrificada ya que está marcada por la imposibilidad de ser felices debido a las circunstancias que los rodean. Laura, como esposa ideal de la época, es virtuosa, fiel y entregada a su marido, lo que refuerza su desesperación cuando descubre el destino de Torcuato. Su personaje refleja el papel subordinado de la mujer en la sociedad del momento, su felicidad y su destino dependen completamente de las decisiones de los hombres que la rodean. Por otro lado, la amistad entre Torcuato y Anselmo refuerza la idea de la lealtad y el sacrificio, pues Torcuato está dispuesto a entregarse para salvar a su amigo, lo que lo define como un hombre de principios inquebrantables.
Siguiendo con su estructura, la obra respeta la estructura clásica del teatro neoclásico con 5 actos, aunque no cumple estrictamente con las unidades de tiempo y lugar, ya que los escenarios cambian y hay referencias constantes a la hora, lo que genera un sentido de urgencia. El lenguaje es claro, acorde con el ideal ilustrado de que el arte debe servir para educar. Los diálogos están cargados de dramatismo y retórica, especialmente en las escenas de revelación y despedida, lo que acentúa el tono sentimental de la obra.
En esta obra, la figura del rey, aunque no aparece en escena, es decisiva, ya que su intervención final restablece la justicia y salva a Torcuato de una condena injusta. Esto refleja la visión ilustrada del monarca como un soberano racional y benevolente que debe actuar en beneficio del pueblo. Además, la obra critica la burocracia y la lentitud de la justicia, representadas en el personaje de Don Justo, quien se ve atrapado en la rigidez de las normas a pesar de su deseo de hacer lo correcto.
En conclusión, El delincuente honrado es una obra profundamente ilustrada que utiliza el drama para cuestionar las normas sociales de su tiempo. A través del conflicto de Torcuato, Jovellanos critica la rigidez de las leyes, la obsesión por el honor y la falta de humanidad en la justicia, al tiempo que plantea la necesidad de reformas para crear un sistema más equitativo. Podemos decir que es un testimonio clave de la literatura ilustrada y también un ejemplo del teatro como herramienta de reflexión y cambio social.
La pradera de San Isidro es un claro ejemplo del teatro costumbrista del siglo XVIII, un reflejo de la vida madrileña que con un tono festivo y burlesco retrata la sociedad de su tiempo. Este sainete se desarrolla en un contexto popular en el que las clases sociales se mezclan durante la festividad de San Isidro, un evento en el que el pueblo se entregaba al ocio, las diversiones y la convivencia en la pradera. A través de personajes como Chinica, Mariquita, Espejo, Campano o Niso, Ramón de la Cruz muestra un cuadro vivo del Madrid castizo, donde la sátira y la caricatura juegan un papel fundamental para representar los valores y conflictos de la época.
La sociedad del siglo XVIII en España estaba en plena transformación con un creciente contraste entre las clases populares y la aristocracia afrancesada que trataba de imponer nuevas costumbres. Este choque cultural es evidente en la obra, donde los majos y majas, con su lenguaje desenfadado y su actitud orgullosa, representan la identidad del pueblo frente a los petimetres y personajes de clase alta, que buscan distinguirse con un habla superior y modales refinados. Esta oposición no solo sirve para el humor, sino que también encierra una crítica al cambio social que estaba teniendo lugar: el pueblo, pese a ser visto como inculto, posee una autenticidad y un sentido del honor que los personajes más refinados parecen haber perdido.
El honor es un tema clave en la obra. En La pradera de San Isidro, el honor no se presenta como una cuestión de vida o muerte, sino como un asunto de prestigio y apariencia dentro de la comunidad. Chinica, por ejemplo, se disfraza con las ropas de su señor, lo que no solo muestra la importancia de la vestimenta como signo de estatus, sino que también pone en evidencia la preocupación por la imagen y el reconocimiento social. Los majos, por su parte, defienden su posición con orgullo, especialmente frente a los petimetres, a quienes ridiculizan por su falta de valentía. Aquí, el honor no es solo una cuestión de linaje, sino de actitud y carácter: ser castizo y auténtico es más honorable que aparentar ser de la alta sociedad.
La mujer en el siglo XVIII empezaba a tener un papel más visible en los espacios de ocio y diversión, como la pradera de San Isidro, pero seguía estando sometida a las normas impuestas por el honor y la moralidad. Aun así, el sainete permite que las mujeres jueguen con los hombres en el terreno del coqueteo y la picardía, lo que demuestra que el teatro costumbrista tenía una visión más relajada y permisiva en comparación con el teatro moralizante del Siglo de Oro.
En cuanto a la vestimenta, la obra refleja la importancia de la apariencia en la sociedad del siglo XVIII. Los majos y majas vestían de manera llamativa, con mantones, fajas de colores y chaquetillas ajustadas, mientras que los petimetres llevaban pelucas empolvadas y trajes afrancesados, que los hacían parecer ridículos ante los ojos del pueblo. Chinica, al vestirse con las ropas de su amo, deja en evidencia la artificialidad de los rangos sociales: basta con cambiar de ropa para asumir una nueva identidad, lo que sugiere que el estatus puede ser más una cuestión de imagen que de verdadera superioridad.
El teatro en esta época se había convertido en un espectáculo accesible para todas las clases sociales, y los sainetes de Ramón de la Cruz eran especialmente populares entre el público madrileño. A diferencia de las grandes tragedias o comedias de los siglos anteriores, estos sainetes tenían un carácter más ligero y humorístico, con un lenguaje cercano al pueblo y una estructura sencilla que permitía a los espectadores identificarse con los personajes y situaciones. El éxito de estos sainetes radicaba en su capacidad para capturar la esencia de la vida cotidiana, con sus costumbres, su humor y sus conflictos menores, sin necesidad de recurrir a grandes argumentos dramáticos.
En conclusión, esta obra es mucho más que una simple comedia costumbrista; es un reflejo de la sociedad madrileña del siglo XVIII.