Portada » Filosofía » Explorando el Conocimiento: Fundamentos Filosóficos y Criterios de Verdad
Podemos decir que “conocer” es aprehender un estado de cosas de tal modo que podamos compartirlo con los demás. En el hecho de conocer siempre hay un sujeto que conoce y un objeto conocido.
Kant (s. XVIII) distinguía la opinión, la creencia y el saber:
Apel y Habermas (s. XX) hablan de un triple interés del conocimiento: el interés técnico por dominar y explotar la naturaleza, propio de ciencias como la física, la biología, etc.; el interés práctico en comunicarnos y entendernos unos seres humanos con otros, propio de la Historia o la Sociología; y el interés emancipador por liberar a los seres humanos de la dominación y la represión, propio de las ciencias sociales críticas como la Psicología cognitiva o la Crítica de las Ideologías.
El Realismo defiende que la realidad, es decir, el objeto, existe por sí misma, independientemente del sujeto. En nuestro ejemplo, el ruido existe aunque nadie lo oiga.
El Idealismo, por el contrario, defiende que lo indudable es sólo la existencia de la conciencia o de la experiencia, pero no de una realidad independiente del sujeto. Descartes y Hume, tan distintos en otras cosas, llamaron a los datos de la conciencia y de la experiencia ideas. “Idea” es, por ejemplo, el ruido que percibo del árbol al caerse; sólo en el caso de oír efectivamente tal ruido puedo estar seguro de su existencia, pero no puedo estar seguro de ello si no lo he oído. Es más, y para enredar, sólo puedo estar seguro de haber oído un ruido, no de que ese ruido exista por sí.
El conocimiento del mundo se obtiene a través de los sentidos, pero estos pueden engañarnos, como afirmaba Descartes. Por ello, se recurre a la razón para obtener un conocimiento seguro. Esta cuestión dio origen a dos corrientes filosóficas opuestas, pero complementarias: el racionalismo y el empirismo.
El racionalismo, representado por Descartes, sostiene que la razón es la principal fuente de conocimiento, ya que los sentidos pueden ser falaces. Descartes introduce la idea de conocimientos innatos, que no están presentes desde el nacimiento, pero emergen con el desarrollo intelectual, como la noción de que «el todo es mayor que las partes». También incluye en este grupo el conocimiento de Dios y de uno mismo.
(Otros racionalistas: Malebranche, Spinoza o Leibniz.)
El empirismo defiende que la única fuente del conocimiento es la experiencia sensorial. Según John Locke, la mente es una «tabula rasa» en la que se escriben las percepciones y, a partir de ellas, se construyen conceptos generales. Hume profundiza esta idea diferenciando entre impresiones (sensaciones vívidas y claras) e ideas (recuerdos de impresiones, menos nítidas). Si una idea no se puede vincular a una impresión concreta, carece de significado, como en los casos de «Dios» o «alma».
Por otro lado, el apriorismo, propuesto por Immanuel Kant, intenta mediar entre el empirismo y el racionalismo. Kant sostiene que tanto la experiencia como la razón son necesarias para el conocimiento. Propone que existen tres facultades:
Así, mientras el empirismo subraya que todo conocimiento se funda en la experiencia, el apriorismo de Kant reconoce que la mente aporta estructuras innatas que hacen posible interpretar y organizar esos datos.
El escepticismo, ejemplificado por Pirrón de Élida, niega que sea posible alcanzar la verdad, pues sostiene que nada puede considerarse definitivamente verdadero o falso. Los escépticos más moderados, como Hume, limitan esta imposibilidad a ciertos ámbitos, por ejemplo, la existencia o naturaleza de Dios.
En contraposición, el dogmatismo ingenuo asume sin cuestionar que nuestra certeza subjetiva es equivalente a la verdad, lo que implica una aceptación a priori de ciertos conocimientos.
Entre estas posturas se sitúa el criticismo de Kant. Según Kant, aunque es posible alcanzar la verdad, resulta ingenuo pretender conocer la realidad tal como es en sí misma, ya que todo conocimiento está condicionado por las estructuras del espacio y el tiempo.
La verdad se entiende como el estado o la cualidad de un enunciado al coincidir con la realidad, pero nuestro grado de certeza puede o no reflejar esa verdad. Los criterios que se usan para discernirla son varios:
Correspondencia o adecuación:
La verdad consiste en la correspondencia entre lo que decimos y los hechos de la realidad. Aristóteles, Tomás de Aquino y Tarski sostienen que un enunciado es verdadero si se ajusta a la realidad.
Coherencia:
Según esta teoría, lo verdadero es aquello que encaja lógicamente en un conjunto de enunciados sin contradicciones, como defiende Hegel.
Pragmatismo:
Aquí, un enunciado se considera verdadero si resulta útil y contribuye al avance de nuestros conocimientos para resolver problemas vitales, como argumenta William James.
Interacción y consenso:
Filósofos como Pierce, Apel y Habermas proponen que decimos que algo es verdad cuando tenemos razones suficientes para convencer a otros en un diálogo libre y sincero, aunque este consenso puede ser revisable.
Autoridad:
Se acepta como verdad aquello que proviene de una fuente reconocida y experta en una materia determinada.
Tradición:
Lo que se considera verdadero es lo que, a lo largo del tiempo, ha sido aceptado por la mayoría de la gente.
Evidencia:
Es el criterio más controvertido: algo es evidente y, por tanto, verdadero, si se presenta de forma tan clara que resulta indudable. Descartes defendía la evidencia a través de la razón (por ejemplo, «pienso, luego existo»), mientras que Hume enfatizaba la evidencia sensible.
La posverdad se caracteriza por anteponer las emociones a los hechos objetivos para moldear la opinión pública. En este contexto, lo que cuenta no son tanto los hechos comprobables, sino los argumentos emocionales y las creencias personales que se usan para convencer y movilizar a la gente. Algunos puntos clave son:
En definitiva, la posverdad se basa en la narrativa emocional para influir en la opinión y comportamiento de las personas, desafiando la primacía de los hechos objetivos en la formación del conocimiento y la toma de decisiones.
En esta meditación, Descartes decide cuestionar todas sus creencias previas para establecer una base absolutamente segura para el conocimiento. Reconoce que, desde su juventud, ha aceptado como verdaderas muchas opiniones que ahora considera dudosas, pues se fundaron sobre cimientos poco sólidos. Su objetivo es despojarse de todas esas creencias erróneas y reconstruir el saber a partir de verdades indudables.
Para lograrlo, Descartes comienza por poner en entredicho la fiabilidad de los sentidos, ya que éstos en ocasiones le han engañado. Además, destaca la dificultad de distinguir entre la vigilia y el sueño, pues en los sueños se presentan imágenes tan vividas que podrían confundirse con la realidad. Esta observación lo lleva a dudar incluso de las percepciones más evidentes, como la existencia de su propio cuerpo y objetos del entorno.
Como conclusión radical, introduce la hipótesis de un “genio maligno” o un engañador supremo, capaz de manipular sus sentidos y razonamientos, haciendo que todo lo que cree saber pueda ser una ilusión. Así, ante la posibilidad de estar siendo constantemente engañado, decide suspender el juicio respecto a todas sus antiguas opiniones, reservándose el derecho a creer solo en aquello que resista cualquier duda.
En resumen, la meditación expone la necesidad de dudar de todo lo que no se presente de forma absolutamente clara y evidente, abriendo el camino para reconstruir el conocimiento sobre fundamentos incuestionables.
En esta meditación, Descartes continúa su método de duda radical iniciado en la primera meditación. Ante la saturación de dudas provocadas por sus anteriores reflexiones, decide buscar un fundamento absolutamente indudable en el que sostener todo conocimiento. Para ello, se aparta de todo aquello que pueda ser motivo de la más mínima incertidumbre, incluso llegando a dudar de la existencia de sus sentidos, cuerpo y de todo lo que percibe.
A partir de esta extrema duda, surge la cuestión central: si todo lo que percibe es dudable, ¿qué es lo único que permanece cierto? Descartes concluye que, aunque se cuestione la realidad del mundo externo o incluso la posibilidad de que un genio maligno lo engañe, hay una cosa de la que no puede dudar: el hecho de que está pensando. La mera actividad de dudar, de imaginar o de ser engañado implica necesariamente que existe como algo que piensa. Esta conclusión se sintetiza en la famosa máxima “yo soy, luego existo”.
De este modo, Descartes establece que la esencia del ser humano reside en el pensamiento, lo que demuestra que el espíritu (o mente) es más fácil de conocer y más seguro que el cuerpo, cuyas apariencias pueden ser ilusorias. La certeza de la existencia del “yo pensante” se convierte en el primer cimiento inamovible para la reconstrucción del conocimiento, mientras todo lo demás puede ser puesto en duda.