Portada » Historia » España en el Siglo XIX: Restauración Borbónica, Crisis Colonial y Transformación Social
La Restauración Borbónica comenzó con el pronunciamiento de Martínez Campos y la proclamación de Alfonso XII en 1874. Antonio Cánovas del Castillo, impulsor del sistema político, estableció un modelo de alternancia entre dos partidos, con una monarquía estable y un régimen liberal-conservador, excluyendo a las clases bajas de la política.
El sistema político de la Restauración se basaba en la monarquía, las Cortes y el bipartidismo (conservadores y liberales), con una Constitución moderada. El Manifiesto de Sandhurst de Alfonso XII definió una monarquía constitucional y buscó estabilidad, poniendo fin a la guerra carlista y la insurrección en Cuba.
La Constitución de 1876 consolidó la monarquía como centro del sistema político, con el rey actuando como árbitro del poder y controlando el ejército. La soberanía era compartida entre el rey y las Cortes, con un sistema bicameral (Congreso y Senado). Reconoció derechos individuales, adoptó un sistema centralista y garantizó la tolerancia religiosa, aunque el catolicismo seguía siendo la religión oficial. El sufragio fue inicialmente censitario, pero en 1890 se introdujo el sufragio universal masculino.
La estabilidad política de la Restauración se basaba en la alternancia entre los partidos Conservador (Cánovas) y Liberal (Sagasta), con la intervención de la Corona para asegurar el compromiso y evitar los grupos extremistas.
El falseamiento electoral: El sistema político se mantenía mediante manipulaciones electorales, como el encasillado (distribución de distritos) y el pucherazo (fraude electoral). La Corona intervino como árbitro para asegurar el turno de partidos.
El caciquismo: Manipulaba la voluntad popular, con caciques controlando distritos y ofreciendo favores a cambio de votos, especialmente en zonas rurales.
Tras la muerte de Alfonso XII en 1885, comenzó la Regencia de María Cristina. Con el Pacto de El Pardo (1885), Cánovas cedió el poder al Partido Liberal, iniciando el «gobierno largo» de Sagasta (1885-1890). Durante su mandato, se aprobaron reformas como el Código de Comercio y Civil (1885-1889), la Ley de Jurados (1887) y la Ley de Asociaciones (1887), promoviendo la libertad de prensa y la creación de partidos. En 1890, se instauró el sufragio universal masculino, aunque la manipulación electoral impidió la democracia plena.
Durante la Restauración, amplios sectores fueron marginados, lo que generó oposición, pero la diversidad de las fuerzas impidió una alternativa unificada.
En 1898, se produjo el fin del imperio colonial español debido a la guerra con Estados Unidos, que se desarrolló en dos escenarios: Cuba y Filipinas, donde ya existían movimientos independentistas.
En 1868, Cuba inició movimientos autonomistas, comenzando con la sublevación dirigida por Manuel de Céspedes. La guerra de los Diez Años (1868-1878) terminó con la Paz de Zanjón, que prometía autonomía para Cuba, pero no se cumplió. En 1895, estalló de nuevo la guerra en Cuba, dirigida por José Martí, Máximo Gómez y Antonio Maceo. España intentó una política negociadora, pero los esfuerzos fueron reemplazados por una política represiva bajo el general Weyler. A pesar de la autonomía prometida en 1897, ya era demasiado tarde. La intervención de EEUU se debió a intereses económicos y geoestratégicos, especialmente tras el hundimiento del buque Maine. La guerra terminó con la derrota española.
El independentismo en Filipinas fue impulsado por José Rizal y el movimiento Katipunan, que promovió una insurrección armada. La intervención de EEUU, que derrotó a la escuadra española en Cavite en 1898, resultó en la toma de Manila y la capitulación española.
La pérdida del imperio español causó consecuencias significativas:
Este proceso fue reflejado por la generación del 98, con autores como Joaquín Costa, Ángel Ganivet y Miguel de Unamuno.
Durante el siglo XIX, la población creció de forma continua, pasando de 10.500.000 en 1800 a 18.500.000 en 1900. El crecimiento fue moderado debido al modelo demográfico del Antiguo Régimen, con altas tasas de natalidad, pero también de mortalidad por malas condiciones sanitarias, hambrunas, epidemias y elevada mortalidad infantil. Cataluña fue la excepción, experimentando un crecimiento poblacional más rápido debido a su industrialización temprana.
Las migraciones interiores aumentaron debido a las dificultades de la vida rural, con un 80% de la población viviendo en zonas rurales en 1865. La emigración exterior, especialmente a Argentina, también fue notable, con 1.4 millones de emigrantes entre 1830 y 1900. Otros destinos fueron Brasil, México y Venezuela, principalmente por razones laborales y políticas.
Aunque el desarrollo urbano fue importante entre 1850 y 1900, España no alcanzó los niveles de urbanización de los países industrializados. A pesar de duplicar el nivel de urbanización, en 1900 dos tercios de la población seguía siendo rural. Las ciudades experimentaron un crecimiento desorganizado, lo que obligó al desarrollo de infraestructuras como agua, alcantarillado y transporte. Se dieron grandes reformas urbanísticas en ciudades como Barcelona y Madrid. Además, hubo una reconfiguración geográfica de la población, especialmente en la zona mediterránea.
Durante el siglo XIX, desapareció la sociedad estamental y surgió una sociedad de clases. La nueva estructura social, basada en la riqueza, permitía cierta movilidad social, aunque también se incrementaron las desigualdades entre ricos y pobres. Las clases dominantes fueron la vieja aristocracia, la burguesía y los altos mandos eclesiásticos y militares. La burguesía, que había logrado enriquecerse, buscó acercarse a la aristocracia a través de matrimonios o la adquisición de tierras. Las clases medias, tanto rurales como urbanas, fueron heterogéneas e influyeron políticamente en la construcción del Estado liberal. Por otro lado, los obreros y jornaleros representaban las clases más humildes. Las mujeres vivían en una posición subordinada y con escasas oportunidades de acceso a la educación y al trabajo, especialmente entre las clases bajas. La Iglesia, aunque perdió poder con la llegada de los liberales, siguió siendo una influencia importante en la sociedad.
Durante el siglo XIX, los liberales impulsaron varias reformas agrarias para liberalizar la economía. La desamortización consistió en la nacionalización de los bienes de la Iglesia y de los municipios para ser vendidos en subasta pública, con el fin de generar fondos para la Hacienda y reducir la deuda pública. Se dieron tres etapas clave:
Consecuencias:
La agricultura, clave en el XIX, tenía una baja productividad y tecnología. Los cultivos más importantes fueron el trigo y la vid, pero la crisis agraria a fin de siglo afectó a los precios y hundió el valor de la tierra. La política proteccionista, especialmente el arancel de 1891, intentó mitigar esta crisis. La migración rural aumentó, y en 1900, España seguía siendo mayoritariamente rural.
La industrialización fue lenta debido a diversos obstáculos como la inestabilidad política, la falta de recursos y la escasa infraestructura. La industria textil en Cataluña y la siderurgia en el País Vasco fueron las más destacadas, aunque la falta de carbón y la escasez de capital limitaban su expansión.
Conclusión: La industrialización fue tardía e incompleta, y España se quedó rezagada respecto a otras naciones europeas. El País Vasco y Cataluña fueron los principales focos de la industrialización.