Portada » Filosofía » Empirismo de Hume: Fundamentos, Críticas y Consecuencias
Hume: Teoría del conocimiento: El empirismo de Locke y Hume. El empirismo de Hume debe entenderse dentro de una corriente filosófica que comenzó antes que él y tiene raíces en el pensamiento anglosajón. Una figura clave en esta tradición es John Locke, quien en su Ensayo sobre el entendimiento humano adopta el concepto cartesiano de idea, pero rechaza la existencia de ideas innatas. Según Locke, todo conocimiento proviene exclusivamente de la experiencia, ya sea externa (sensación) o interna (reflexión).
Locke distingue entre dos tipos de ideas. Las ideas simples provienen directamente de la experiencia y el sujeto las recibe de manera pasiva. En cambio, las ideas complejas se construyen mediante la combinación y abstracción de las simples, lo que implica un papel activo de la mente. Además, Locke separa las cualidades primarias, como la extensión y la solidez, que existen en los objetos, de las cualidades secundarias, como el color y el sonido, que dependen de la percepción del sujeto.
A pesar de su empirismo, Locke admite la existencia de conceptos metafísicos como la sustancia, el yo y Dios, siempre tratando de encontrarles un fundamento empírico. Sin embargo, Hume lleva el empirismo a un nivel más radical. Aunque mantiene que no hay conocimiento innato y que los sentidos son la única fuente de conocimiento, rechaza cualquier idea abstracta que no provenga directamente de la experiencia. Esto lo lleva a cuestionar la existencia del mundo, del yo y de Dios, adoptando una postura cercana al escepticismo.
El principio empirista establece que la experiencia sensible es el origen, el límite y el criterio de validez del conocimiento. Según Hume, el ser humano no puede conocer nada más allá de la experiencia, y cualquier intento de hacerlo lleva al error.
El principio de inmanencia sostiene que todo conocimiento es inmanente, es decir, permanece dentro del sujeto. La realidad solo se conoce a través de impresiones sensibles. Hume distingue entre impresiones, que son percepciones intensas y vívidas, e ideas, que son copias debilitadas de las impresiones.
El principio de copia afirma que todas las ideas son copias de impresiones previas. Si una idea no puede remitirse a una impresión, carece de significado. Con este principio, Hume refuta la existencia de ideas innatas y critica conceptos abstractos que no provengan de la experiencia.
El principio de asociación de ideas explica cómo se organizan y relacionan las ideas en la mente. Hume identifica tres leyes principales de asociación:
Finalmente, el principio de negación de las ideas abstractas sostiene que no existen ideas generales y abstractas en sí mismas. Según Hume, todas las ideas son particulares y solo se generalizan a través del lenguaje y la costumbre. Esta postura refuerza el nominalismo, que niega la existencia real de los conceptos universales, considerándolos meros nombres sin correspondencia en la realidad.
Hume sostiene que la causalidad no es una relación racionalmente demostrable, sino una inferencia basada en la experiencia. No percibimos directamente una causa y su efecto, sino solo la sucesión constante de fenómenos. La causalidad depende de la contigüidad, la sucesión temporal y la regularidad, pero no se puede demostrar que las mismas causas siempre producirán los mismos efectos. Esta crítica se extiende al razonamiento inductivo, ya que no hay garantía de que la naturaleza funcione en el futuro igual que en el pasado.
Hume rechaza la existencia de sustancias como el “yo”, el mundo y Dios, porque no tenemos impresiones directas de ellas. Para él, lo que llamamos “sustancia” es solo una agrupación de impresiones mantenida por la imaginación. Esto implica una negación del cogito cartesiano y de la metafísica tradicional, a la que considera una ilusión sin base empírica.
Como resultado de su empirismo, Hume concluye que solo podemos conocer nuestras impresiones y no la realidad en sí misma. No accedemos a las cosas o fenómenos directamente, sino solo a nuestras percepciones de ellos. La realidad, por tanto, queda reducida a lo que experimentamos en el presente y recordamos del pasado, sin posibilidad de certezas absolutas.
Hume rechaza la búsqueda de certezas absolutas que impulsaban los racionalistas y sostiene que la razón no puede proporcionarnos un conocimiento seguro. En su lugar, propone que la costumbre y la creencia son las verdaderas guías de nuestra vida. Para él, el conocimiento siempre será limitado, probable e incierto.
La creencia, según Hume, es un sentimiento que se impone a la mente sin intervención de la razón. Nos permite anticipar el futuro y atribuir propiedades a los objetos sin una base racional. Esta anticipación surge del hábito y la repetición de experiencias, lo que nos lleva a confiar en que la naturaleza funcionará en el futuro del mismo modo que en el pasado.
Para Hume, hay dos razones naturales que explican por qué confiamos en nuestras creencias. La primera es la “armonía preestablecida” entre la naturaleza y nuestras ideas: aunque las creencias no sean racionales, suelen ajustarse a la realidad y funcionar en la práctica. La segunda es nuestra tendencia instintiva a pensar en términos causales: aunque la causalidad no sea racionalmente demostrable, la mente humana está predispuesta a organizar el mundo de este modo porque resulta útil para la supervivencia.
La crítica de Hume a la causalidad y al razonamiento inductivo tuvo una gran influencia en la filosofía de la ciencia, especialmente en autores como Karl Popper. Desde su perspectiva, el conocimiento científico se clasifica de la siguiente manera:
Son sistemas de relaciones de ideas independientes de la experiencia. Sin embargo, no describen la realidad, sino la estructura de nuestro pensamiento. Funcionan según leyes psicológicas y no necesariamente naturales.
Estudian cuestiones de hecho, pero su conocimiento es contingente y basado en la experiencia pasada. No pueden garantizar que las leyes de la naturaleza seguirán funcionando en el futuro.
No tiene sentido como disciplina, ya que sus conceptos no se basan en impresiones sensibles y, por tanto, carecen de validez empírica.
A pesar de su escepticismo, Hume no busca paralizar el conocimiento, sino invitar a aceptar la incertidumbre como parte de la vida y alejarse de la obsesión por alcanzar una certeza absoluta. Su postura culmina en su famosa afirmación de que los libros de teología y metafísica escolástica deben ser descartados, ya que solo contienen sofistería e ilusión.
La teoría ética de Hume es fundamental en la filosofía moral moderna y ha influido en dos grandes corrientes: el emotivismo y el utilitarismo. Para Hume, la moral no se basa en la razón, sino en los sentimientos. La emoción y la pasión son los verdaderos motores de la acción humana, no los argumentos racionales. Por ello, rechaza la idea de que las normas morales puedan derivarse de la naturaleza humana, como sostenían los pensadores naturalistas. En su lugar, defiende que lo bueno es aquello que genera aprobación o placer en el individuo, mientras que lo malo es lo que provoca desaprobación o desagrado. En su pensamiento también aparecen ideas propias del utilitarismo y el consecuencialismo. Hume sostiene que las acciones deben evaluarse en función de la utilidad que generan y de sus consecuencias. En este sentido, afirma que no hay contradicción en que alguien prefiera la destrucción del mundo antes que una mínima molestia personal, lo que muestra su rechazo a una moral absoluta. Sin embargo, su visión ética también tiene un componente social: dice que “todo lo que contribuye a la felicidad de la sociedad merece nuestra aprobación”. Su filosofía influyó en Adam Smith, quien aplicó principios similares a la economía, argumentando que la búsqueda del interés personal puede generar beneficios colectivos, una idea clave en el desarrollo del capitalismo.