Portada » Historia » El Sistema Canovista: Estabilidad Política y Bipartidismo en la Restauración Española
El periodo de la Restauración se caracteriza por un sistema diseñado por Cánovas que se fundamenta en las siguientes ideas:
Cánovas, consciente del fracaso de la monarquía de Isabel II por su excesiva identificación con los moderados, facilitó la creación de un partido de oposición que se convirtiese en una alternativa real de gobierno. El objetivo era crear un sistema estable que evitara las intervenciones del ejército y no ofreciera fisuras políticas en la unión de la burguesía frente a las emergentes fuerzas del proletariado. Para ello, se necesitaba una Constitución abierta y flexible, capaz de adaptarse a distintas concepciones políticas.
La Constitución de 1876 supuso la vuelta a los planteamientos esenciales del liberalismo moderado, asimilando algunas aportaciones del progresismo. Fue una constitución corta, aprobada sin grandes discusiones en las Cortes, redactada con cierta ambigüedad para permitir una legislación restrictiva. Muchos artículos remiten su desarrollo a otras leyes. Es una constitución continuista con el constitucionalismo del siglo XIX español, con una cierta voluntad ecléctica, tomando principios de las constituciones de 1837, 1845 y 1869. Tuvo una gran importancia por ser la constitución con más vigencia en la historia del constitucionalismo español.
El sistema se basaba en la existencia de dos partidos burgueses que debían turnarse en el poder de manera pactada y exclusiva: los partidos dinásticos.
Ambos coincidían ideológicamente en lo fundamental: eran monárquicos y burgueses, partidarios del mantenimiento del modelo económico capitalista y liberal. El conservador se basaba en las ideas del viejo moderantismo doctrinario, mientras que el liberal pretendía ser continuador del progresismo democrático. Otros partidos, como los carlistas o republicanos, conseguían un número de escaños muy pequeño. Mediante el turno de conservadores y liberales, refrendado en el Pacto del Pardo en 1885, se consiguió que ninguno de los dos grandes partidos se sintiera excluido.
En la práctica, el turno de partidos se asentó en el fraude electoral y el manejo de las elecciones, que se hicieron consustanciales al sistema y se institucionalizaron. La base del sistema era el caciquismo, una red de influyentes dirigentes locales, provinciales y nacionales que manejaban las elecciones. El mecanismo electoral se convirtió en una farsa manipuladora cuyo objetivo era impedir que otros partidos accedieran al poder, especialmente los republicanos.
Los caciques controlaban las circunstancias electorales. Gran parte de la población estaba supeditada a ellos, ya que ejercían el control de los ayuntamientos. El caciquismo era una forma de vinculación personal y casi feudal, un mundo de favores y recomendaciones que convertía las elecciones en una ficción. Las provincias y municipios no recibían bienes de Madrid si no era a través del cacique: votos y sumisión a cambio de favores. En las grandes ciudades, el control era más difícil, sobre todo tras la implantación del sufragio universal, y en ellas se consolidaron los partidos de oposición al sistema: nacionalistas, republicanos y socialistas. Aunque el caciquismo se dio en toda España, fue en Andalucía donde tuvo mayor arraigo.
Cuando los máximos dirigentes de los partidos acordaban un cambio de gobierno, el rey encargaba la formación de gobierno al líder del partido contrario, se disolvían las cortes y se convocaban elecciones. El ministro de la gobernación realizaba el encasillado, es decir, decidía el resultado a los caciques comarcales y municipales, quienes manipulaban las elecciones. Para garantizar la elección de los candidatos se utilizaban diversos mecanismos:
Este fenómeno era propio de una sociedad rural, subdesarrollada y analfabeta, con una fuerte dicotomía entre el campo y la ciudad. Las prácticas fraudulentas provocaron el desencanto político de buena parte de la población, manifestado en un alto abstencionismo electoral. A lo largo del último tercio del siglo XIX, el sistema del turno de partidos funcionó con regularidad, y aunque la alternancia de Cánovas y Sagasta pasó por momentos difíciles, se consiguió la estabilidad política.