Portada » Filosofía » El Conocimiento y la Realidad en Platón: De las Sombras a la Idea del Bien
Junto con estas ciencias, debe cultivarse la **geometría**. El matemático da por supuestas ciertas nociones, tales como lo par y lo impar. De estas nociones, que no admiten demostración, parte la marcha deductiva que permite obtener diferentes conclusiones. En este proceso se apoyan las representaciones sensibles de las ideas. Los matemáticos se sirven de figuras geométricas para discurrir, pero no pensando en ellas mismas, sino en aquello de lo que son imagen. Discurren acerca del cuadrado en sí, pero no acerca del que ellos dibujan, así ven aquello que solo puede ser “visto” por el pensamiento.
La tercera ciencia que han de estudiar los futuros filósofos y hombres de Estado es la **astronomía**. La belleza del cielo debe verse como un reflejo de la belleza del cielo inteligible.
La ciencia propia del filósofo es la **dialéctica**, mediante la cual se eleva de lo sensible a lo inteligible y de las ideas a la idea suprema, la **Idea del Bien**. Platón llama **noesis** a la captación por la mente de lo universal por encima de lo particular. El dialéctico parte también de hipótesis, por ejemplo, la noción de lo justo, pero estas hipótesis son ejercicios que les llevarán a ascender hasta el principio de todo. De este modo, de idea en idea se alcanza la **Idea del Bien**, fundamento de la inteligibilidad y el ser del **Mundo de las Ideas**.
En principio, la dialéctica es un proceso ascendente, pero también hay una dialéctica descendente. Esto es lo que hace el prisionero cuando, habiéndose liberado y visitado el mundo exterior, baja de nuevo al interior de la caverna para ayudar a sus compañeros a reconocer las sombras (**Mito de la Caverna**). Existe una obligación moral por parte del que sabe hacia el ignorante (Sócrates). Luego de dedicarse cinco años a la misma, estos escogidos “descenderán de nuevo a la caverna” para ganar experiencia. Allí se observará si se mantienen firmes o vacilantes. Quince años transcurrirán de este modo en la vida del futuro hombre de Estado. Aquellos que a los cincuenta años hayan salido puros de estas pruebas cargarán con el peso de la autoridad y de la administración sin otro fin que el bien político.
Platón asigna a la filosofía una dimensión política, donde el objetivo del proceso cognoscitivo no consiste en la contemplación de la **Idea del Bien**, sino en la aplicación de los conocimientos para la construcción de una sociedad justa.
Platón identifica a los prisioneros encadenados con el **alma humana**, que está atada a un cuerpo terrenal y que pertenece al mundo de las cosas y, por tanto, imperfecto y sensible, cuyos conocimientos son meras sombras de la realidad. El alma es preexistente al cuerpo e inmortal y tiene como lugar natural el mundo suprasensible de las ideas. El cuerpo es la cárcel del alma y constituye un estorbo para el alma, pues las pasiones la arrastran impidiéndole la contemplación de las ideas. Esta visión del alma será retomada por el pensamiento teológico medieval.
En el diálogo *Fedro*, el alma aparece como un carro formado por un par de caballos alados y su auriga. En el caso de los dioses, los dos caballos son buenos y de buena raza. Las almas de los hombres, por su dificultad de conducir el carro, difícilmente logran seguir a las de los dioses. Puede perder las alas y caer a la tierra, donde queda encerrada en un cuerpo. Además, olvida lo que ha visto en el mundo de las ideas. Al contemplar las cosas bellas vuelve a recordarlas. El conocimiento sensible sirve de ocasión para el recuerdo.
El mito identifica la caverna como el **mundo sensible**. En ella existen imitaciones del exterior, pero son imperfectas y engañosas: las sombras de la pared son imitaciones de los objetos, el fuego es lo que posibilita el conocimiento. Así como cuando un prisionero es liberado va conociendo nuevas realidades acercándose un poco al verdadero conocimiento. Este conocimiento sensible es lo que Platón denomina **doxa**.
Platón recoge la distinción de Parménides entre la vía de la opinión y la vía de la verdad. Existen dos formas de conocimiento: una basada en los datos de los sentidos y otra basada en la razón. La vía de la opinión, en la medida en que remite a los datos sensibles, procedentes de un mundo aparente en devenir, no constituye un verdadero conocimiento: su falsedad viene de la aceptación del no ser, fuente de contradicciones.
Para los sofistas, el conocimiento sensible es un conocimiento posible. La verdad o falsedad no pueden existir en términos absolutos, estando sometidos a la relatividad de las sensaciones. Si prescindimos de la sensación, prescindimos del conocimiento.
Platón deja claro que el verdadero conocimiento (**episteme**) debe hablar del ser, no del devenir, y no puede estar sometido al error. Por tanto, el mundo sensible será el mundo de las apariencias.