Portada » Educación Artística » Arquitectura Moderna: Bauhaus, Neoplasticismo y la Vivienda como Máquina
A finales del siglo XIX, el impresionismo y el expresionismo buscaban expresar las ideas del arquitecto a través del arte. Se construían edificios con materiales industriales, como el hormigón armado, reflejando una naturaleza fluida y plástica con materiales dúctiles (metales) que permitían crear diversas formas. El uso del hormigón armado eliminó las restricciones de planta y alzado, como se observa en la Torre Einstein en Potsdam (1920) de Erich Mendelsohn, que buscaba expresar la nueva sociedad socialista, o en los almacenes Schocken en Stuttgart (1926-28), del mismo arquitecto.
La Bauhaus unió arte e industria en sus estudios, una escuela de arquitectura que enseñaba nociones básicas de materiales, física, matemáticas y química. Esta universidad representó el hecho artístico y técnico más importante de su tiempo. Al enseñar ideas modernas y vanguardistas, el edificio debía expresar esa misma modernidad. Walter Gropius, su arquitecto, desarrolló un código de aplicación sistemático donde todo respondía a una función, convirtiéndose en el padre del funcionalismo. Del funcionalismo surgió la separación de funciones en los espacios. Para la Bauhaus, se crearon esquemas en forma de hélice que simbolizaban el movimiento y rompían la unidad de la planta, dejando de ser simétrica. La planta se dividió en tres alas: taller, residencia y clases, con acceso a través de una unidad independiente que unía las tres zonas. El edificio no solo era moderno en su forma y funcionalidad, sino también en los materiales (hormigón armado y vidrio) y la utilización de líneas rectas sin ornamentos. Reflejaba la universidad del momento, mirando al futuro y enseñando conceptos actuales, con la carpintería y las instalaciones a la vista.
Se crearon módulos industriales para generar líneas de mobiliario y estandarizar los muebles para una construcción más rápida. En las primeras líneas de mobiliario modular, se crearon las primeras mesas no de madera, con una estructura tubular metálica y un tablero de vidrio. También se diseñaron muebles plegables.
Con el neoplasticismo, la pintura y la arquitectura se complementaban. La arquitectura era constructiva y la pintura destructiva. La arquitectura cerraba espacios y era incolora, mientras que la pintura los abría y era a color. Los espacios se consideraban la carencia de arquitectura, convirtiéndose en el protagonista. Se reconoció la importancia de la negación de la construcción y se propuso encontrar un sistema para construir un nuevo mundo de formas coherentes y organizadas, renunciando a la simetría clásica y creando contrastes de luz y colores.
En la arquitectura académica se construía con módulos en forma de cajas, pero ahora, para romper el espacio, se creaban espacios fluidos, como en la Casa Schröder (Utrecht, 1924) de Gerrit Rietveld. Una casa sin simetría ni convenciones académicas, con una serie de elementos en las tres direcciones que hacían de la disposición de estos espacios el protagonista del edificio.
El edificio es blanco, negro y gris, colores planos y abstractos, característicos del neoplasticismo arquitectónico. Enfatiza las líneas rectas y tiene un interior fluido y diáfano, que se puede compartimentar con divisiones flexibles (puertas y tabiques correderos), adaptándose a las nuevas necesidades de la vida moderna.
La Bauhaus se creó para unir al antiguo artista y al nuevo diseñador industrial, enseñándoles a colaborar y formar arquitectos capaces de responder a todos los aspectos de la construcción de un edificio modernista. En el primer año se enseñaban nociones básicas de materiales, física, matemáticas y química; el segundo año se dedicaba a la teoría; en el tercer año se adquirían conocimientos empíricos, teniendo contacto directo con el material; y en el cuarto año se dedicaban al proyecto final de carrera.
La arquitectura moderna supuso una serie de rupturas con las tradiciones académicas, abriendo nuevos espacios de reflexión sobre la arquitectura, el espacio, la máquina, el ser humano y el cuerpo. Durante la guerra, la máquina irrumpió en los enfrentamientos bélicos, dejando paso a la destrucción, a la vez que continuó una invasión en la vida cotidiana. La máquina se veía como una potencia de destrucción y creación. Le Corbusier, mirando el lado positivo, razonó que igual que se producían cañones, aviones y camiones en las fábricas, se podían fabricar casas, comparando la casa con una máquina, una «máquina de habitar».