Portada » Lengua y literatura » Análisis de la Evolución Poética de Luis Cernuda: Del Surrealismo al Neorromanticismo
En su primer libro de poemas, Primeras poesías (1924-1927), se percibe un tono melancólico, reflejo del final de la adolescencia. Muchos versos muestran introspección y una reflexión personal, con influencias de Bécquer. Este es su libro más cercano a la poesía pura y deshumanizada que proponía Ortega y Gasset y que practicaba Juan Ramón Jiménez. Ya aparecen señales del conflicto entre la realidad y el deseo, un tema que seguiría explorando en su obra.
Cernuda utiliza una décima (estrofa de diez versos octosílabos con rima consonante y esquema abbaaccddc) para mostrarnos una descripción ingeniosa del amanecer.
«La luz dudosa despierta» del primer verso hace referencia a la forma tímida que tiene de manifestarse la claridad al abrir el día. La noche no está, porque se retira hacia las estrellas (el espacio nocturno, pues solo de noche son visibles), teniendo al horizonte «alerta» (porque en él se manifiestan las primeras luces del alba). Tanto la luz como el horizonte y el aire se han puesto de acuerdo («concierta») «con esta cándida hora» («cándida» en su sentido etimológico, blanca), es decir, la hora del amanecer, ya que quieren desterrar la oscuridad nocturna.
La huida de la noche provoca la risa de los testigos (¿el poeta, quizás?), aunque también puede interpretarse que el amanecer es una sonrisa (por cuanto supone de triunfo sobre la oscuridad) que carece de sonido, de ahí que el poeta se pregunte de forma retórica qué labio la articula. En los versos finales se establece una correspondencia entre la persiana verde (que impide entrar la luz a través de la ventana) y lo que ocurre con las ramas de los árboles y la aurora. Hay una clara lucha entre la luz y la oscuridad, donde también participan aquellos elementos que se oponen a la primera, aunque sea la claridad la que salga victoriosa.
En los versos finales encontramos además similitudes con el poema Tornasol de Jorge Guillén: «tras de las persianas / verdes, el verdor / de aquella enramada / toda tornasol», que evidencian en este caso la posible inspiración para la imagen de Cernuda.
Un río, un amor (1929) marca el inicio de la exploración de Cernuda y el puente que el poeta establece entre dos dimensiones, en principio opuestas: el mundo interior y el exterior. Por ejemplo, entre el deseo de amar y la posibilidad o no de realizar ese deseo. La conclusión es ya desoladora: desilusión amorosa y soledad que se enmarcan en un paisaje urbano frío e inhóspito. Incluso el sur, que evoca en algún poema, está hecho de luces y sombras. Se acusa la influencia del surrealismo.
Como ha demostrado Derek Harris, este poema se inspira directamente en uno del poeta gallego Vicente Risco publicado en la revista Alfar en 1923. Cernuda toma de él su estructura a modo de cuento infantil que sigue las andanzas de un mar antropomorfizado que sufre insomnio y parte para buscar «as insuas perdidas» (las islas perdidas). A pesar de su aparente simplicidad, refleja a la perfección el estado anímico del poeta y su insatisfacción vital ante la imposibilidad de cumplir sus deseos.
Ese mar que no puede dormir (trasunto del poeta), cansado de la monotonía de su vida («Cansado de contar, siempre contar a tantas olas») decide buscar otros horizontes «Donde supiera alguien de su color amargo», es decir, donde pudiera mostrar su verdadero ser (puede hallarse aquí una velada referencia a las tendencias sexuales de Cernuda).
Se recoge a continuación su periplo (vv. 5-14), que parece ser un viaje inútil («Viajando hacia nada») a pesar de estar plagado de dificultades («tempestades, estruendos desbocados») y de la actitud hostil de cuanto le rodea («como la sombra siempre / rencorosa de pájaros estrellas»). Después de tanto vivido («luces, lluvia, frío»), el mar llega a lugares exóticos (unos reales, «Colorado» o «Glaciar del Infierno»; otros imaginarios, como «Cielo Sereno») elegidos por la capacidad de sugerencia de sus nombres.
Pero el mar se cansa de estos lugares, donde «su amor tan sólo era un pretexto vago / con sonrisa de antaño, / ignorado de todos». No encuentra allí la realización de su amor, que causa sonrisa en los demás por tratarse de un amor diferente que los demás no conocen: su significado es claro.
En los últimos versos (vv. 24-27) el mar vuelve derrotado a su casa «adonde nadie / sabe nada de nadie», donde nadie puede comprenderlo. El verso final es una desoladora aceptación de la realidad: «Adonde acaba el mundo», pues volver al hogar supone el fin absoluto de sus esperanzas.
Hay un pesimismo total en el poema, cuya sencillez de fábula no hace sino subrayar aún más la dureza de su final. El título, a modo de moraleja, previene acerca de los peligros de buscar el amor, que no hallará respuesta.
El poema lo escribe Cernuda en Madrid en julio de 1929, y en él ya ha abandonado por completo la métrica regular. Se trata de versículos (combinaciones de versos impares: 11, 15, 9, 7, 14…) y se consigue el ritmo por medio de la repetición, el paralelismo y la anáfora.
El poema se divide en tres estrofas donde, a pesar de su aparente incoherencia, las imágenes surrealistas esconden un mensaje claro sobre la superación de los inconvenientes y la permanencia de la esperanza por muy leve que sea. En ese sentido, el poema es un rayo de optimismo que contrasta con el tono general del poemario y prefigura el espíritu de su siguiente libro, Los placeres prohibidos. En el poema se abandona, como ya es habitual, las estructuras tradicionales y se opta por el uso del versículo.
La primera estrofa se inicia con una imagen de gran plasticidad: «Derriban gigantes de los árboles», que consigue transmitir la inmensidad y la exuberancia de esos árboles que una fuerza negativa se dedica a destruir. En su lugar quieren hacer «un durmiente». Frente a la vitalidad de grandes árboles (la fuerza de la naturaleza, producto de años de actividad constante), la pasividad del acto de dormir, estéril, que no produce frutos. Además, se rompe la verticalidad de esos árboles (símbolo de ascensión, de sublimación) para ser sustituidos por la horizontalidad. Se trata de acabar con los instintos y los deseos, todo los que surge de manera espontánea en el hombre y que constituye su verdadera esencia. Esas mismas fuerzas represoras «Derriban los instintos como flores / deseos como estrellas», símbolo de la belleza, de la ilusión, de los sueños por cumplir. Pero como acertadamente explica Ibon Zubiaur, la elección de los dos elementos de comparación esconden una pequeña resistencia: las flores son derribadas, pero volverán a florecer al año siguiente; del mismo modo, aunque la estrella sea destruida, su luz seguirá llegándonos. Hay pues una pequeña rendija para la esperanza que se intuye y que se materializará en la última estrofa del poema. La finalidad de esas fuerzas es clara: «para hacer sólo un hombre con su estigma de hombre». Se trata de una fuerza castradora orientada a destruir todo atisbo de diferencia para que el hombre llegue a ser un hombre según las normas de la sociedad, incluyendo aquellos rasgos que se consideran negativos «con su estigma de hombre» (v. 4).
El poeta se enfrenta entonces a aquellos detrás de ese ansia de destrucción, desafiándolos a que derriben también «imperios de una noche», «monarquías de un beso» (dos imágenes que resaltan el papel superior del amor como elemento supremo), porque sabe que no conseguirán ningún triunfo con ello: «No significa nada» (v. 7). Hay en ello cierta ironía por parte de Cernuda, así como en la exageración siguiente: «Que derriben los ojos, que derriben las manos como estatuas vacías» (v. 8), que para él tiene aún menos significado («acaso dice menos»). Eliminar la vista y el tacto no supondría el fin de la pasión y esa violencia no conseguiría su objetivo pues el hombre continuaría deseando.
La última estrofa abandona cualquier rasgo de ironía o sarcasmo por parte del poeta, porque en él abre su corazón y explica de dónde surgen las fuerzas que lo llevan a oponerse a esas fuerzas negativas. Su amor es un amor «cerrado» (secreto, escondido, que no se abre al exterior) «por ver sólo su forma». Su amor no se comunica a los demás para que nadie vea su forma, una forma que solo se intuye «entre las brumas escarlatas», en la niebla, cuando nadie puede verlo con claridad. Es evidente que Cernuda se está refiriendo a su orientación sexual, que no puede hacer pública, pero que «quiere imponer la vida». Su deseo se abre paso y busca materializarse, hacerse presente y real «como otoño ascendiendo tantas hojas / hacia el último cielo». La idea de la ascensión de las hojas está también relacionada con la que aparecía en el primer verso (oposición de la verticalidad y la horizontalidad), donde se identificaba con la fertilidad, la vida, la ascensión. Aquí, además, adquiere un matiz de utopía imposible con esa visión de las hojas que suben en lugar de bajar. Cernuda sueña con un mundo donde el erotismo no distinga sexos ni nombres y sea libre para todos, de ahí que se valga de esa metáfora (un otoño que eleva las hojas al cielo) para presentar un mundo «donde estrellas sus labios dan otras estrellas». El símbolo del amor homosexual es claro, y el poeta se identifica claramente con él en los dos versos finales, al aclarar que también él querría que sus ojos despertaran reflejados en los de otra persona. Recupera además la imagen de la estrella, usada en el v. 3 para identificar al deseo, con lo cual se acentúa la idea de la pasión amorosa.
A pesar de la oposición que encuentra en la sociedad, el poeta lucha por conseguir ese amor, ese deseo oculto que aspira alcanzar en el futuro. La consumación de esta pasión será objeto de desarrollo en el libro posterior, Los placeres prohibidos (1931).
Ya hemos comentado que los espacios lejanos simbolizan en este libro una evasión, una representación del paraíso en la medida que son lugares desconocidos por el poeta, que los conoce solo a través de la idealización de la literatura o el cine. L. F. Vivanco ve en este oeste una referencia a las lecturas juveniles de Cernuda, y en concreto, a las novelas de Captain Mayne Reid, especializado en escribir aventuras desarrolladas en el oeste americano.
Los placeres prohibidos (1931) marca el estallido de la rebeldía del poeta, la protesta contra el mundo y la moral burguesa, cifrada en ‘molde’ surrealista, entonces concebido como lenguaje de la libertad poética y vital. Dentro de la biografía espiritual que es La Realidad y el Deseo, este libro, uno de los más emblemáticos de Cernuda, supone toda una decidida y desinhibida confesión de su erotismo homosexual. Aquí el amor, antes en abstracto, se hace carne y también violencia: es el deseo sexual. El resultado tampoco es risueño: un mundo hostil impide la realización de ese deseo, y aunque el placer es superior a las normas, los límites y las leyes, al final todo parece enturbiarse y corromperse. Algunas veces el placer se antoja inútil y efímero; otras, como en el poema “Los marineros son las alas del amor”, se desvanece la amargura y asistimos a un “himno pagano” de “exaltación amorosa” (Luis Antonio de Villena).
Tras el tono exaltado del poema anterior que abría el poemario y presentaba el carácter reivindicativo de las exigencias de Cernuda, este poema supone una relajación de esa pasión inicial. Nos encontramos ante un escenario completamente distinto: el amor ya ha pasado.
La araña de la razón (que según Maristany es una referencia a Nietzsche) simboliza irónicamente las actitudes razonables a las que se opone el poeta. Ese predominio de la lógica y la razón deja un espacio llena de ceniza y de muerte que es el que deja el paso de la pasión. «Ha pasado el huracán del amor» (v. 3) y no queda ningún pájaro, ninguna hoja, ninguna gota de agua. Desaparece cualquier elemento de vida y naturaleza porque alguien «cruel como un día de sol en primavera / […] ha dividido en dos un cuerpo».
Esta división en dos puede entenderse de dos maneras; esa unión amorosa ha sido rota por uno de dos amantes, que al marcharse, ha resquebrajado esa identificación de la pareja como una unidad. También puede insinuar que una tercera persona ha sido el motivo de la ruptura al provocar la separación. Sea una u otra la explicación, está claro que la pareja se ha separado. Y esta despedida tiene sus consecuencias: tras los excesos del amor, ahora toca adoptar una actitud más prudente, más contenida, aunque algo se haya perdido y no se pueda recuperar (vv. 11-12). Solo queda esperar con paciencia a que vuelva de nuevo el amor, que la vida «lentamente se llene» de nuevos deseos e ilusiones, desconocidos aún porque aún no se han encontrado esos futuros amantes (vv. 15-16).
En la última estrofa, el «tú» al que se dirige el poeta es el amante que lo ha abandonado, al que vuelve a describir «cruel como el día». El antiguo amante no comprende de qué se lamenta el poeta porque el otro no siente la soledad del abandono que representa ese muro, símbolo del aislamiento que genera la ruptura. Estilísticamente, Cernuda recurre al versículo y al verso libre para dar rienda a este lamento por la separación.
Donde habite el olvido (1932-1933) es, en relación con los anteriores, el libro más pesimista. El título está tomado de un verso de la rima LXVI de Bécquer. La rebeldía y la violencia del libro anterior, así como la técnica surrealista, dejan paso ahora a la expresión íntima y becqueriana de un sentimiento de dolor y frustración motivado por un desengaño amoroso. Se percibe la mirada retrospectiva, los recuerdos de la adolescencia, tanto felices como desgraciados, esa proyección de su propia autobiografía poética que se acentuará en los libros siguientes.