Portada » Historia » Restauración Borbónica: Monarquía, Oligarquía y Crisis del 98
El restablecimiento de la monarquía se produce en enero de 1875 como consecuencia del pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto. El nuevo rey, Alfonso XII, se presenta defendiendo un programa político descrito en el Manifiesto de Sandhurst, que se basaba en dos ideas principales:
Alfonso XII nombró un gobierno presidido por Cánovas del Castillo, su máximo colaborador y redactor del manifiesto. Cánovas convocó elecciones y las ganó, aunque también obtuvieron diputados grupos políticos del Sexenio Democrático liderados por Sagasta. Tanto la mayoría de Cánovas como la oposición de Sagasta consensuaron una constitución.
Esta constitución era una clara muestra del liberalismo doctrinario, caracterizado por la soberanía compartida entre las Cortes y el Rey. Se trataba de una constitución de carácter conservador porque Cánovas impuso su idea de “constitución interna” de España: monarquía, religión católica, propiedad y unidad constituían la esencia de la nación española, que no podía ser alterada.
La constitución consideraba a la monarquía una institución superior, un poder moderador que debía ejercer como árbitro en la vida política y garantizar el entendimiento y la alternancia entre los partidos políticos. Por tanto, el monarca tenía diversos poderes, como el derecho de veto.
Las Cortes eran bicamerales, formadas por el Senado y el Congreso de los Diputados. El Senado era designado en parte por el Rey, y el Congreso de los Diputados era de carácter electivo. La ley de 1878 estableció el voto censitario, limitado a los mayores contribuyentes. En 1890, con el Partido Liberal, se aprobó el sufragio universal masculino. La constitución proclamaba la confesionalidad católica del Estado y contaba con una declaración de derechos.
La realidad impuso una alternancia de los dos partidos dinásticos: el Conservador de Cánovas y el Liberal de Sagasta. Ambos eran grupos oligárquicos que, una vez en el gobierno, fabricaban sus propias mayorías negociándolas con los caciques.
El caciquismo fue un fenómeno que se dio en toda España, alcanzando su máximo desarrollo en Andalucía, Galicia y Castilla. Los caciques eran personas notables, sobre todo del medio rural, que tenían influencia en la vida local tanto social como políticamente. Podían controlar los ayuntamientos, dirigían el sorteo de las quintas y podían resolver o complicar los trámites burocráticos. Con su influencia, orientaban la dirección del voto.
La adulteración del voto constituyó una práctica habitual en todas las elecciones, que se logró con un trato más favorable a los distritos rurales frente a los urbanos y, sobre todo, con la manipulación y las trampas electorales. El triunfo del partido que convocaba las elecciones era convenido previamente y se conseguía gracias al falseamiento de los resultados.
El falseamiento de los resultados se conseguía mediante el encasillado, que era un acuerdo entre los dirigentes de los partidos y los caciques para decidir quién obtendría el acta de diputado. Los caciques manipulaban las elecciones de acuerdo con las autoridades, sobre todo los gobernadores civiles de las provincias. El conjunto de trampas electorales que ayudaban a conseguir la sistemática adulteración de los resultados se conoce como pucherazo. Para conseguir la elección del candidato gubernamental, no se dudaba en falsificar el censo, manipular las actas electorales, ejercer la compra de votos, amenazar al electorado e incluso emplear la violencia para atemorizar.
Los primeros años de gobierno son de Cánovas con el Partido Conservador. Puso fin a las dos guerras que había (Cuba y la guerra carlista). Se produce la sustitución de los fueros por el sistema de conciertos económicos. En 1881, Cánovas cedió el gobierno a Sagasta, que formó un primer gobierno liberal e introdujo el sufragio universal masculino para los comicios municipales (1882). En 1884, Cánovas volvió al poder, pero el temor a una posible desestabilización del sistema político tras la muerte del rey Alfonso XII (1885) impulsó un acuerdo entre conservadores y liberales, el llamado Pacto del Pardo. Su finalidad era dar apoyo a la regencia de María Cristina y garantizar la continuidad de la monarquía ante las fuertes presiones carlistas y republicanas.
Bajo la regencia, el Partido Liberal gobernó más tiempo que el conservador. Durante el llamado gobierno largo de Sagasta (1885-1890), los liberales impulsaron una importante obra reformista. De este modo, se aprobó la Ley de Asociaciones (1887), que eliminó la distinción entre los partidos legales e ilegales y permitió la entrada en el juego político de las fuerzas opositoras; se abolió la esclavitud (1888); se introdujo la celebración de juicios por jurados; se impulsó el nuevo Código Civil (1889); y se llevaron a cabo reformas hacendísticas y militares. Pero la reforma de mayor trascendencia fue, sin duda, la implantación del sufragio universal masculino en las elecciones generales de 1890. Sin embargo, la universalización del sufragio no funcionó debidamente a causa de la continuidad de los viejos mecanismos de fraude y corrupción electoral.
Al final de los años 90, los dos partidos entraron en una pequeña crisis. En el caso del Partido Conservador, la causa es el asesinato de Cánovas (1897), y en el caso del Partido Liberal, por la aparición de otros dirigentes que discutían el liderazgo de Sagasta.
Tras el fracaso de la experiencia del Sexenio Democrático, el republicanismo tuvo que hacer frente al desencanto de parte de sus seguidores y a la represión de los gobiernos monárquicos. La adaptación más rápida a las nuevas condiciones la protagonizó el dirigente republicano Emilio Castelar, que evolucionó hacia posturas conservadoras y creó el Partido Republicano Posibilista. Un caso contrario fue el del político progresista Ruiz Zorrilla, que tendió al republicanismo radical y fundó el Partido Republicano Progresista, que tuvo influencia entre algunos militares y protagonizó un fracasado intento de alzamiento en el 83. Las prácticas insurreccionales provocaron la ruptura de Salmerón con Zorrilla y creó el Partido Republicano Centralista (87). El republicanismo con más adeptos y más fiel a su ideario inicial fue el Partido Republicano Federal, que seguía teniendo como líder a Pi y Margall, con gran apoyo de las clases populares.
Por primera vez durante la Restauración hubo una importante minoría republicana en las Cortes. El sufragio universal masculino comportó cierta revitalización del republicanismo y estimuló la formación de alianzas electorales (Unión Republicana) en 1893 y 1901, que agrupaban todas las familias republicanas excepto los posibilistas. Las alianzas aumentaron los escaños parlamentarios, pero el republicanismo perdió parte de las antiguas bases sociales y luchó por los votos populares con el Partido Socialista Obrero Español, fundado por Pablo Iglesias en 1879.
Tras la derrota carlista en 1876, se prohibió la estancia en España del pretendiente don Carlos de Borbón, y el carlismo entró en una grave crisis. Algunos miembros, como Ramón Cabrera, reconocieron a Alfonso XII. Además, la Constitución de 1876 descartaba de la sucesión al trono a toda la rama carlista de los Borbones.
El carlismo tardó un tiempo en convertirse en un partido político capaz de tomar parte en las contiendas electorales. Carlos VII depositó su confianza en Cándido Nocedal, quien extendió los círculos carlistas, sobre todo en Navarra, País Vasco y Cataluña. La renovación del partido llegó de Juan Vázquez de Mella con su programa de 1886 (Acta de Loredan). Se mantenían los principios de unidad católica, el fuerismo, la autoridad del presidente carlista y la oposición a la democracia, pero ya no seguían el Antiguo Régimen y aceptaban el nuevo orden liberal-capitalista.
Sin embargo, hubo una disputa religiosa. Una parte del partido acusó a Carlos VII y a los principales dirigentes de no apoyar suficientemente la política católica impulsada por el papado contra el liberalismo, y culparon a don Carlos de “cesarismo”, dar prioridad a la cuestión dinástica por encima de la religiosa. El líder de esta corriente fue Ramón Nocedal, que protagonizó una escisión en el 88, el Partido Católico Nacional, que dejó de reconocer como rey a don Carlos y se convirtió en un partido católico integrista.
Continuó manteniendo las jerarquías militares ligadas al recuerdo de la última guerra y fundó una milicia, el Requeté, que adquirió importancia en la década de 1930.
De los partidos dinásticos se desgajaron en estos años algunos movimientos disidentes. Así, en 1881 se fundó la Unión Católica, liderada por Alejandro Pidal. Se trataba de un partido conservador y católico, claramente diferenciado de los carlistas, pero crítico con los conservadores, a los que acusaba de reformismo liberal.
Los liberales también conocieron disidencias en su seno, y en 1881, Segismundo Moret fundó el Partido Democrático-Monárquico, una escisión por la izquierda de los fusionistas de Sagasta a la que se afiliaron hombres como Montero Ríos y Cristiano Martos, quienes reivindicaban los principios democráticos de la Constitución de 1869. En 1882, el general Serrano creó otro grupo llamado Izquierda Dinástica. Todos estos partidos tuvieron escaso apoyo electoral.
El catalanismo surgió de la conjunción del progreso económico y el renacimiento cultural. En todo esto tuvo importancia el movimiento conocido como Renaixença, cuyo objetivo era la recuperación de la lengua y de las señas de identidad catalanas.
Por otro lado, en la década de 1880 se desarrolló el catalanismo político, que tuvo varias corrientes. Una de ellas estuvo basada en el tradicionalismo, con su máximo representante Torras y Bages. Otra era de carácter progresista, base popular y principios federalistas, y estuvo alentada por Valentí Almirall. Éste fundó en 1882 el Centre Català, que empezó a defender la autonomía de Cataluña.
Un paso muy importante en la consolidación del catalanismo fue la elaboración de las Bases de Manresa en 1892, un documento producido por la Unió Catalanista, que proponía fundamentalmente la consideración de Cataluña como entidad autónoma dentro de España. El regionalismo pasó entonces a nacionalismo.
Para tener su propia representación política, en 1901 se creó la Lliga Regionalista, fundada por Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó. Este partido, con gran apoyo de la burguesía económica catalana, aspiraba a tener representantes en las instituciones que defendiesen el catalanismo y se convirtió en el principal partido de Cataluña durante el primer tercio del siglo XX.
Surgió en la década de 1890. En sus orígenes tuvo una reacción ante la pérdida de una parte de sus fueros tras la derrota del carlismo, pero también, el desarrollo de una corriente cultural en defensa de la lengua vasca (euskera), que dio lugar al movimiento de los euskaros, con un componente religioso y tradicional.
Su gran precursor fue Sabino de Arana. Éste vio un gran peligro para la subsistencia de la cultura vasca en la llegada de inmigrantes de otras regiones españolas a trabajar. Pensaba que esta población de maketos ponía en peligro el euskera, las tradiciones y la etnia vasca.
Estas ideas se extendieron, y en 1895 se creó el Partido Nacionalista Vasco en Bilbao. Arana popularizó un nuevo nombre para su patria, Euzkadi, una bandera propia y un lema de partido “Dios y ley antigua”. El movimiento tenía un gran sentimiento católico y de defensa de la tradición, pretendía impulsar la lengua y costumbres vascas y defendía la pureza racial del pueblo vasco. Al principio, el PNV se declaró independentista, pero fue evolucionando al autonomismo.
Aparte del nacionalismo catalán y vasco, también tuvo cierto relieve, pero fue menos importante, el galleguismo, que tuvo carácter exclusivamente cultural hasta bien entrado el siglo XX.
Tras la primera guerra de la independencia en Cuba (con victoria española) hay una tregua que es la Paz de Zanjón (78-95). Pero en esos años, el movimiento independentista sigue organizándose (José Martí). Este movimiento independentista fue fuertemente apoyado por Estados Unidos en tres sentidos: político (“América para los americanos”), financiero y propagandístico. En 1895 estalla la segunda revuelta (Grito de Baire) en el Este de Cuba, que es la zona más independentista donde se organizan guerrillas (mambises). Tras fracasar la negociación, el gobierno español reaccionó mediante la represión. Enviaron a Valeriano Weyler que, para aislar a los campesinos de las guerrillas, creó campos de concentración, cuya consecuencia fue un aumento del apoyo independentista. Una situación parecida se daba en Filipinas.
En abril de 1898 se produjo el incidente del Maine, que fue el estallido de un acorazado estadounidense en el puerto de La Habana. Los norteamericanos culparon a España y le dieron un ultimátum para abandonar la isla. Sagasta no aceptó y decidió ir a la guerra con EEUU. Ésta duró tres meses. Como batalla importante se puede destacar la de Santiago, que fue un desastre naval. Por tanto, en diciembre de 1898 se firma la Paz (Paz de París) que supuso la entrega a EEUU de Cuba, Filipinas y Puerto Rico.
Las consecuencias del desastre del 98 fueron: