Portada » Lengua y literatura » Evolución y Tendencias del Teatro Español desde 1939 hasta la Actualidad
La segunda mitad del siglo XX estuvo marcada por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, que llevó a la creación de dos bloques dominados por Estados Unidos y la Unión Soviética, dando inicio a la Guerra Fría. Durante este periodo, el marxismo y el existencialismo se convirtieron en corrientes de pensamiento influyentes. En los años 60, se vivió un auge económico que favoreció el desarrollo del Estado del Bienestar y el aumento de derechos sociales, junto con un crecimiento del consumo masivo. Este tiempo también trajo consigo un inconformismo juvenil, con movimientos como el hippy y los eventos de mayo del 68, así como el surgimiento de la posmodernidad.
El cambio de milenio se vio marcado por los atentados del 11 de septiembre de 2001, que introdujeron nuevas amenazas globales. En España, el régimen franquista (1939-1975) se caracterizó por la autarquía y el control ideológico, con una sociedad dividida. Sin embargo, en los años 50 se dio un cierto aperturismo y en los 60 se experimentó el «desarrollismo», que impulsó la clase media y la industrialización. Tras la muerte de Franco, se restauró la monarquía con Juan Carlos I y se promulgó la Constitución de 1978, lo que facilitó la consolidación del Estado del Bienestar y la estabilización del país.
Después de la Guerra Civil española, el panorama teatral se vio muy afectado. Los escritores tomaron la decisión de exiliarse, como Alejandro Casona, o adaptarse a un entorno cultural marcado por la miseria y la censura. Las muertes de figuras clave como Lorca y Valle-Inclán en 1936 dejaron un vacío en la renovación teatral.
En los años 40, aunque la actividad teatral fue intensa, la calidad de las obras fue bastante baja. Predominó un teatro de evasión, con comedias y melodramas que buscaban entretener, pero que no tenían profundidad, y un teatro ideológico. Se destacaron autores como Juan Ignacio Luca de Tena (“Donde vas Alfonso XII”) y José María Pemán (“El divino impaciente”), cuyas obras reflejaban los valores del régimen de la época. También surgió un teatro humorístico, aunque en su mayoría era intrascendente. Miguel Mihura destacó con obras como «Tres sombreros de copa», que, a pesar de no ser entendida en su momento, se convirtió en un referente del teatro del absurdo. Enrique Jardiel Poncela, por su parte, aportó un humor ingenioso y vanguardista en obras como “Eloísa está debajo de un almendro».
En general, las obras de esta época se caracterizaban por diálogos cuidados, finales felices, un tono ligero y cómico, y personajes burgueses con poca profundidad psicológica. Además, se notó la influencia de técnicas cinematográficas en la narrativa (saltos en el tiempo y espacio).
En los años 50, el teatro español comienza a reflejar inquietudes existenciales, especialmente con la obra «Historia de una escalera» de 1949, de Antonio Buero Vallejo. Este nuevo enfoque se convierte en un medio de protesta y denuncia social. Aparecen dos corrientes:
A mediados de los años 50 y en los 60 surgió el teatro social-realista, centrado en la injusticia social y las duras condiciones de vida de los trabajadores, incorporando innovaciones estéticas como el sainete político y el esperpento. Algunas obras destacadas de esta época incluyen «La camisa» de Lauro Olmo y «Los inocentes de la Moncloa» de José María Rodríguez Méndez.
En los años 60 y 70, el teatro experimental tomó protagonismo, alejándose del realismo y con dificultades para ser representado, conocido como teatro «underground». Este estilo se enfocó más en la escenografía y técnicas audiovisuales que en el texto, con personajes simbólicos y narrativas fragmentadas. Destacan Francisco Nieva, que trata temas como la represión social y espiritual utilizando un lenguaje barroco («Pelo de tormenta» y «La carroza de plomo candente»), y Fernando Arrabal, en obras como «Picnic», «El triciclo» o «El cementerio de automóviles», presenta unos personajes en los que la comunicación es imposible.
A finales de los 60 y principios de los 70, surgieron grupos teatrales independientes que rechazaban el teatro comercial. En estos montajes, el espectáculo, la danza y la música tienen mayor relevancia que el texto, fomentando la participación del público y rompiendo la barrera entre la sala y la escena. Se caracterizaban por su creatividad y la mezcla de elementos diversos, como fiestas populares y pirotecnia. Algunos de estos grupos son Els Joglars o Els Comediants.
Con la llegada de la democracia, el teatro experimentó una transformación importante. Surgieron distintas tendencias y generaciones, y aparecieron autores que habían sido censurados anteriormente. Instituciones como el Centro Dramático Nacional y la Compañía Nacional de Teatro Clásico surgieron para apoyar esta evolución. Además, abundan compañías y festivales independientes, así como el teatro de calle.
En los años 80, hay una tendencia hacia el neorrealismo, que combinaba el experimentalismo con el realismo. Este nuevo costumbrismo se centró en el teatro de autor, con figuras como José Luis Alonso de Santos, cuyas obras abordan conflictos existenciales con humor y ternura («La estanquera de Vallecas» o «Bajarse al moro»), y José Sanchís Sinisterra, que se caracteriza por buscar la implicación con el espectador («¡Ay, Carmela!» o «El gran teatro natural de Oklahoma»).
Otros autores relevantes de esta época son: Fernando Fernán Gómez («Las bicicletas son para el verano»), Fermín Cabal («Tú estás loco, Briones»), Antonio Gala («¿Por qué corres, Ulises?»), Paloma Pedrero, Ignacio del Moral y Ernesto Caballero, que trataron temas como la violencia, el racismo y la crueldad social.
En los años 90, el teatro continuó diversificándose. Autores como Juan Mayorga («Cartas de amor a Stalin») y Rodrigo García («Conocer gente, comer mierda») reflejan la preocupación por las manifestaciones del mal en el mundo actual y abordan problemas íntimos con un enfoque ágil y actual.
Esta etapa del teatro español se caracteriza por:
En el teatro actual destacan autores como Ignacio Amestoy, con su obra «Cierra bien la puerta» (2002), y Antonio del Álamo, autor de «Los borrachos» (1993), aunque cada vez hay menos espacio para nuevos creadores debido al predominio de obras comerciales y adaptaciones protagonizadas por actores famosos.
Hoy en día, existen tres modelos de teatro que operan de manera independiente: