Portada » Arte » Origen y Evolución del Cristianismo: Arte Paleocristiano y Bizantino
El Cristianismo surge en Palestina, región oriental del Imperio Romano, en torno a la figura de Jesús de Nazaret. Los evangelistas sitúan su nacimiento durante el reinado de Augusto y su muerte en el de Tiberio (siglo I). Según la tradición, en el siglo I, la Virgen María tuvo una visión del Arcángel Gabriel, quien le anunció que concebiría al hijo de Dios. El niño nació en un pesebre en Belén, debido a que el rey Herodes había ordenado la conocida Matanza de los Inocentes. A medida que crecía, Jesús comenzó a predicar, manifestando su descontento por la jerarquía judía y realizando milagros. Capturado por el ejército romano, Jesús sufrió un brutal castigo (flagelación) y fue crucificado. Tras resucitar, encomendó a sus discípulos la tarea de predicar y desapareció, dejando su legado a los cuatro principales apóstoles: Mateo (ángel), Lucas (toro), Juan (águila) y Marcos (león), que constituyen la iconografía conocida como tetramorfos.
En sus inicios, el cristianismo fue considerado una secta por los romanos y, por lo tanto, perseguido. Los cristianos se reunían clandestinamente en los tituli (pequeños espacios adaptados al culto dentro de casas particulares) y en las catacumbas, cementerios subterráneos formados por galerías con nichos en sus muros. Esta religión predicaba la redención, la vida eterna, la libertad, la igualdad y la esperanza, ideas que se oponían a las bases políticas, económicas y religiosas de la época, y en definitiva, a la forma de vida romana.
En el año 313, el emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán, legalizando el cristianismo en el imperio. El propio emperador se convirtió a esta religión. A partir de este momento, el número de adeptos se multiplicó y los recintos anteriores resultaron insuficientes. Se buscó un lugar más grande para las reuniones: la basílica.
Los cristianos tomaron el modelo romano y lo adaptaron a sus necesidades.
La importancia del cristianismo siguió aumentando hasta convertirse en la religión oficial del imperio en el año 380, con el emperador Teodosio. Este emperador, en el año 395, dividió el imperio en dos partes: el Imperio Romano de Occidente, con capital en Roma, y el Imperio Romano de Oriente, con capital en Constantinopla (antigua Bizancio).
A pesar de esta medida, el Imperio Romano de Occidente no pudo frenar las invasiones bárbaras y cayó en el año 476. El Imperio Romano de Oriente, convertido en el Imperio Bizantino, continuó vigente hasta 1453, cuando Constantinopla cayó en manos de los turcos.
El término «paleocristiano» (paleo = antiguo, en griego) se utiliza para referirse a las primeras manifestaciones artísticas del cristianismo, aproximadamente entre los siglos III y VI d.C. Es un arte religioso que se inserta en el mundo romano, adecuando la estética tardorromana a los temas y contenidos de la religión cristiana y de una Iglesia que, tras ser perseguida, se convierte en una fuerza aliada al poder.
El arte paleocristiano, al igual que el cristianismo de estos siglos, experimenta dos periodos diferenciados, separados por el Edicto de Milán del año 313 d.C. Antes de esta fecha, los cristianos vivían en clandestinidad, a veces perseguidos y martirizados. Tras el Edicto de Milán, se abre el periodo conocido por los historiadores cristianos como «Paz de la Iglesia». Antes del siglo IV, solo encontramos temas cristianos en las pinturas de algunas casas y, sobre todo, de las catacumbas, galerías subterráneas que servían de enterramiento y para celebrar el culto en épocas de persecución. Fue en las catacumbas (adquirieron carácter monumental las de Priscila, Domitila, San Pedro, San Marcelino, etc.) donde empezaron a aparecer figuras orantes y símbolos cristianos.
El fundamento del cristianismo es la creencia en la resurrección de Cristo. La consecuencia de esta fe es el arte funerario, el primer arte paleocristiano, que surge a finales del siglo II. Destacan las pinturas murales de las catacumbas, los sarcófagos y las lápidas. En Roma, la incineración era una costumbre extendida, y no había muchos cementerios. Los cristianos recurrieron a sociedades funerarias dirigidas por un pagano, el fosor, a quien la ley permitía tener un cementerio público. Los cuerpos se enterraban en nichos rectangulares excavados horizontalmente (loculi), en los muros de los estrechos pasillos subterráneos (ambulacrum). A veces, se excavaba una pequeña habitación o se aprovechaba el fondo de una galería para enterrar a alguien importante.
Se pueden diferenciar temas de distintos tipos:
Durante casi dos siglos, las comunidades cristianas no necesitaron lugares de reunión o enterramiento diferenciados. Se reunían en casas particulares (domus ecclesiae) para celebrar banquetes y escuchar sermones. La liturgia se dividía en misa de los catecúmenos y misa de los fieles. La domus ecclesiae era una vivienda modificada o construida de nueva planta para la liturgia cristiana. El único ejemplo conservado es el de Dura Europos. Algunos estudiosos creen que ya existían iglesias (tituli), siendo la de San Martín del Monte, en Roma (siglo III), la más antigua conservada. También se consideran lugares de reunión primitivos las cellae coementeriales, pequeños edificios con cabecera en forma de trébol. Las catacumbas eran el lugar de enterramiento.
El templo romano tradicional no se adaptaba a las necesidades del cristianismo. La arquitectura romana ofrecía elementos para las liturgias. El reconocimiento oficial de la religión fue acompañado de ayuda económica, permitiendo al cristianismo construir templos suntuosos en el siglo IV. El culto cristiano necesitaba un edificio grande y cerrado para albergar a todos los fieles. El modelo elegido fue la basílica civil, utilizada como mercado cubierto y tribunal público. La Basílica Ulpia fue el modelo tomado.
La nave transversal y el arco de triunfo ponían el edificio bajo el signo de la cruz, creando el crucero. Se destinaba a reuniones dominicales y albergaba la residencia del obispo (trono o cátedra) y los sacerdotes. Tenía forma alargada, con la nave central más ancha y elevada que las laterales. En un extremo se encontraba la puerta y en el otro, el ábside (generalmente semicircular). Los techos eran planos y de madera, para una mejor audición. El tejado era a dos aguas. El altar era el lugar del culto sacrificial. Había separación de sexos y solo los bautizados podían entrar; los catecúmenos ocupaban el nártex (vestíbulo). Las columnas guiaban la vista hacia el presbiterio, enmarcado por el arco de triunfo. Las paredes se cubrían con pinturas o mosaicos. Ejemplos: Santa María la Mayor y Santa Sabina.
En el 395, Teodosio murió y el Imperio Romano se dividió entre sus hijos: Honorio heredó Occidente y Arcadio, Oriente. La capital del Imperio Romano de Oriente fue Constantinopla. Vivió una época de esplendor en el siglo VI, con Justiniano, pero no alcanzó la grandeza de Roma. Constantinopla creó un nuevo arte, trascendente y simbólico, que destacaba la alianza entre el emperador (basileus) y la Iglesia cristiana. La arquitectura bizantina dio importancia a la cúpula, símbolo del cielo y del lazo entre Dios y los hombres. Justiniano (527-565) llevó a cabo una política expansiva, conquistando zonas de Italia, el norte de África y el sur de la Península Ibérica.
Estos éxitos llevaron al basileus a construir importantes edificios en la capital. Destacan las iglesias de los Santos Sergio y Baco y, sobre todo, Santa Sofía. Santa Sofía se construyó en solo cinco años (532-537). La rapidez se atribuyó a los «consejos» divinos recibidos por el emperador. El edificio presenta un nuevo sentido del espacio, pensado para sostener la gran cúpula, heredera del Panteón y símbolo del cielo. La cúpula se sostiene mediante pechinas (triángulos de lados curvos) sobre cuatro pilares. Las masas se escalonan y jerarquizan. El conjunto simboliza un mundo organizado bajo el poder divino. Otros ejemplos importantes: Rávena (San Apolinar y San Vital) y la Basílica de San Marcos, en Venecia.